¿Qué te digo que no puedas ver?
En asfalto, las huellas son por accidentes,
de penas por pesos, pocas preguntas.
En tierra, vago recuerdo, son vida recorrida.
¡Las gotas de lluvia nunca son iguales!
Hay vientos de cambio bajo las nubes;
en las ventanas, el vaho que no escurre.
Por las aceras el sexo espera en los rincones,
el ruido, el metal, el concreto:
es sombra, dijeron, es humo... es nada.
Ya veo los remedos de estrellas, colores,
en azules neón; arcoíris sin oro, sin duende,
¿y el sol que llora, cálido?
Blanco intermitente en alfombra color de noche,
el tiempo corta las alas con manecillas,
señala el rastro del minutero.
Cementerio, el canto habita el cementerio.
¿El rostro? De plástico y tatuaje,
el corazón en puja,
sin valor agregado, sólo trasplante
al nuevo vehículo sin nombre propio,
bulto muerto.
domingo, 19 de febrero de 2012
martes, 14 de febrero de 2012
En invierno, blancos
IztaccíhuatlDuerme, en silencio, en estera cálida, fértil;
sueña con nubes, agua en la garganta del cielo.
¡Canta!
Y al lado, espero, sentado.
Mis manos en las rodillas, descansan;
mis pies, tiemblan, buscan entre tus faldas.
Hay hojas, hay plumas, hay tierra;
la ceniza se mezcla, como huella del humo
por donde la flor y el canto escalaran.
El blanco de la luna se ha vertido,
antes del sol y su fuego;
la mujer que dormita se cubre de mantas blancas.
______________________________________________
Iztacxóchitl
En la tierra seca, donde queda el polvo del tiempo, crece el maguey con sus manos al cielo. Florece.
El sol vigila el suelo seco,
hubo nubes como manta de algodón
y dejaron escurrir, el cántaro se vació;
hubo colibrí entre hojas verdes.
¡La falda de serpientes!
Canta el viento, canta bajo el cielo;
el polvo danza, danza el tiempo.
Mis ojos miran la frontera de los sueños.
El maguey se yergue, flor del deseo;
aguamiel en sus entrañas,
el sol ante las manos, la lengua,
los labios que sacian la sed del corazón.
Lluvia, viento; el tiempo es barro,
la piel recibe, de día, los rayos cálidos:
el cuerpo es horno.
Flor blanca que mana donde hubo sol.
______________________________________________
______________________________________________
Iztacpopoca
Tu nombre a hurtadillas, madrugada fría;
oro antaño, pasajero de hojas secas.
¡En un charco, la medusa de estrellas!
Las nubes son tamiz, el polvo baja
y, como el aire en biblioteca,
la mirada lo remueve. Sonrisa de piedra.
Un ave disecada, su ataúd con etiquetas;
en la morgue seca están las alas
¿y las plumas que volaban?
se han hundido hace tanto
con las huellas del pirata.
Mis párpados cerrados, pestañas de espuma;
debajo hay arrecifes sin olas,
esas bajarán en mejillas de mangle
cuando el alba llegue, libre y dorada.
domingo, 12 de febrero de 2012
La maldición de Zeus
Un hombre enfrente, de sangre y carne en el cuerpo. Luego, musculoso, descalzo, cabello rizado y blanco; barba abundante, mirada monárquica. Sentado en un trono, bastón en mano y alguna prenda cubriendo del ombligo hasta las rodillas. Todo marmóleo, gris con vetas blancas y nubes tatuadas. Nubes que, parece, nunca fueron tales; pero son semejantes.
De pronto, el pupitre con los rayones de este semestre y de los anteriores. De madera o de plástico, es lo mismo: un nuevo adepto se sentará ahí a poner todo su ser en la recepción del fuego sagrado. Un alumno, un sin luz. Y al frente, el pebetero por derecho divino. El gran dios del rayo y la tormenta; el águila emblemática de un cielo que todo lo mira y todo lo examina y que es inalcanzable.
Volvemos. A lo lejos, una estrella parece hablar en morse: Mnemósine. Algún día habría cuchillo bajo las ropas y entre las piernas, autoras de los pasos que no se dan por no separarse del trono o que no se volverán a dar. Nadie lo sabe, la mirada del monarca es insondable.
Pero ¿quién le ha puesto guirnaldas entre los rizos?
Las manos se posan en las páginas blancas, reacias a los tatuajes de un bolígrafo mordisqueado, olvidado, recuperado, prestado, nuevo o usado. Las pupilas se abren como platos, su profundidad se esconde en algún lado; las palabras de Zeus llegan como manjares sazonados con historias que seguro nacieron en la misma realidad que cualquier mortal; pero nada más llegar devienen ficción, las pestañas se tornan guirnalda y vuelan, palomas, a posarse en los rizos estrenados por ese nuevo modelo de Fidias.
El tiempo dijo que en su momento, habría navaja bajo las ropas del recolector de nubes. ¿Dónde quedó su cosecha? Tal vez pétrea en el mármol de su trono; tal vez fábrica de la vajilla que se le planta al frente, lista para recibir el banquete. Pero el alimento es de mostrador, nadie se nutre. Los oídos resguardan algo que de ser luz deviene humo y luego holograma de un vaso que debe llenarse con lo que se vierta de entre los labios del adepto.
¿Qué sucede entonces? Los dioses no son dioses sino hasta que existan creyentes.
No es Zeus quien petrifica el cielo, son las manos que acarician su piel las que lo hacen omnisciente.
Pero el tiempo se quedó pasmado cuando las pupilas dejaron de ser cenotes donde hay diálogo, donde el viento entra y acaricia el agua, la hace trémula y tal vez la preña. El tiempo y su daga son objeto del olvido, son mudos sin nombre, sin tierra. Mientras tanto, el parto de la lengua hace que las rodillas besen ese sendero que alguna vez tocaron las plantas del Zeus renovado, posmoderno; la piel se vierte en el vaso de las palabras como nubes recién recolectadas, se buscan llenar los moldes de tantas estatuillas, escapularios, pinturas, jarrones, bajorrelieves. Teatros que no dialogan, que presentan y no representan, que imitan, que no son artífices sino artificios en serie por voluntad propia. Todos forman un castillo de naipes que cae ¿y la identidad? En algún giro del viento volará.
Un mortal endiosado y sus palabras trocadas por hilos que se atan concienzudamente en cada poro. No se puede respirar sin autorización. Los dioses son eternos en los ojos de espejuelo, son de carne y hueso bajo el filo del tiempo.
¿Y qué pasó con la hoz y su testamento?
De pronto, el pupitre con los rayones de este semestre y de los anteriores. De madera o de plástico, es lo mismo: un nuevo adepto se sentará ahí a poner todo su ser en la recepción del fuego sagrado. Un alumno, un sin luz. Y al frente, el pebetero por derecho divino. El gran dios del rayo y la tormenta; el águila emblemática de un cielo que todo lo mira y todo lo examina y que es inalcanzable.
Volvemos. A lo lejos, una estrella parece hablar en morse: Mnemósine. Algún día habría cuchillo bajo las ropas y entre las piernas, autoras de los pasos que no se dan por no separarse del trono o que no se volverán a dar. Nadie lo sabe, la mirada del monarca es insondable.
Pero ¿quién le ha puesto guirnaldas entre los rizos?
Las manos se posan en las páginas blancas, reacias a los tatuajes de un bolígrafo mordisqueado, olvidado, recuperado, prestado, nuevo o usado. Las pupilas se abren como platos, su profundidad se esconde en algún lado; las palabras de Zeus llegan como manjares sazonados con historias que seguro nacieron en la misma realidad que cualquier mortal; pero nada más llegar devienen ficción, las pestañas se tornan guirnalda y vuelan, palomas, a posarse en los rizos estrenados por ese nuevo modelo de Fidias.
El tiempo dijo que en su momento, habría navaja bajo las ropas del recolector de nubes. ¿Dónde quedó su cosecha? Tal vez pétrea en el mármol de su trono; tal vez fábrica de la vajilla que se le planta al frente, lista para recibir el banquete. Pero el alimento es de mostrador, nadie se nutre. Los oídos resguardan algo que de ser luz deviene humo y luego holograma de un vaso que debe llenarse con lo que se vierta de entre los labios del adepto.
¿Qué sucede entonces? Los dioses no son dioses sino hasta que existan creyentes.
No es Zeus quien petrifica el cielo, son las manos que acarician su piel las que lo hacen omnisciente.
Pero el tiempo se quedó pasmado cuando las pupilas dejaron de ser cenotes donde hay diálogo, donde el viento entra y acaricia el agua, la hace trémula y tal vez la preña. El tiempo y su daga son objeto del olvido, son mudos sin nombre, sin tierra. Mientras tanto, el parto de la lengua hace que las rodillas besen ese sendero que alguna vez tocaron las plantas del Zeus renovado, posmoderno; la piel se vierte en el vaso de las palabras como nubes recién recolectadas, se buscan llenar los moldes de tantas estatuillas, escapularios, pinturas, jarrones, bajorrelieves. Teatros que no dialogan, que presentan y no representan, que imitan, que no son artífices sino artificios en serie por voluntad propia. Todos forman un castillo de naipes que cae ¿y la identidad? En algún giro del viento volará.
Un mortal endiosado y sus palabras trocadas por hilos que se atan concienzudamente en cada poro. No se puede respirar sin autorización. Los dioses son eternos en los ojos de espejuelo, son de carne y hueso bajo el filo del tiempo.
¿Y qué pasó con la hoz y su testamento?
miércoles, 8 de febrero de 2012
Penélope
Tengo un ojo que se arrastra por la piel,
quiere conocer el sabor de mis pasos
y en el camino deja huellas coaguladas
en silencio y sin sombras, sin palabras
proyectadas en la ropa que se mancha
por dentro, mis escamas de oropel.
Tengo carne que se sueña en calenturas
con presidios de otras manos, no las propias,
de otros labios, no la lluvia de nube fría y dura
no las gotas que la lavan de ese tiempo de dormir,
huérfano de bulto entre almohada y manta,
entre los ácaros que me cansé de oír.
En mis calles, el sonido como un eco
y la cabeza que no mira el horizonte
sino espera, espera, espera.
En las manos no hay cabellos,
hilo. Rueca.
quiere conocer el sabor de mis pasos
y en el camino deja huellas coaguladas
en silencio y sin sombras, sin palabras
proyectadas en la ropa que se mancha
por dentro, mis escamas de oropel.
Tengo carne que se sueña en calenturas
con presidios de otras manos, no las propias,
de otros labios, no la lluvia de nube fría y dura
no las gotas que la lavan de ese tiempo de dormir,
huérfano de bulto entre almohada y manta,
entre los ácaros que me cansé de oír.
En mis calles, el sonido como un eco
y la cabeza que no mira el horizonte
sino espera, espera, espera.
En las manos no hay cabellos,
hilo. Rueca.
martes, 7 de febrero de 2012
Huidiza noche
El bosque en mis ojos. Su reflejo recorta mis pupilas, ávidas de verdes y marrones; parece noche. Fuera, el cenit recubre las copas de pinos, oyameles, ayacahuites, las superficies irregulares de rocas, musgos, líquenes. El tacto va leyendo eso que tienen que decir, el aire atrapado y el agua, la danza del tiempo. Y mil rayos en mi piel se van quedando, en cada surco dactilar, en la frontera yema y uña, con gotitas que me toman por asalto cuando rompo su calma entre los granos, entre las hojas.
Me siento en una roca; frente a mi, los montes y las nubes que pasan bajo el sol. En mis pupilas sigue siendo bosque y noche. Mis palmas se plantan en el suelo frío y húmedo, los dedos exploran y donde hubo gotas ahora hay una mezcla de fragmentos minúsculos de plantas que van integrándose con el tiempo y el suelo en cada horizonte. ¡Cuántos soles se recostaron en donde ahora beben mis manos! Los poros se abren.
Cuando salen, noche. Las estrellas se escondieron, en la tez tan pálida se quedan huellas de lo ha sido el horizonte; parecen nubes negras. Lluvia de hojas pulverizadas, raíces deshechas, historias de las patas que han pisado bajo los árboles, de polen. En las uñas se quedó la historia y más tarde, en el papel, se cayeron granos negros sobre la tinta. En mis ojos se escurrieron las imágenes de día cuando huyó de mis manos eso que tuvo estrellas y agua, que pudo entrarme por la boca y ha salido por la voz y su lenguaje. La tierra que cubre la piel bajo la vida, bajo el calor y el aire y el agua. El barro donde se vierte eso que fluye en las fronteras de la luz, huyó la noche.
Me siento en una roca; frente a mi, los montes y las nubes que pasan bajo el sol. En mis pupilas sigue siendo bosque y noche. Mis palmas se plantan en el suelo frío y húmedo, los dedos exploran y donde hubo gotas ahora hay una mezcla de fragmentos minúsculos de plantas que van integrándose con el tiempo y el suelo en cada horizonte. ¡Cuántos soles se recostaron en donde ahora beben mis manos! Los poros se abren.
Cuando salen, noche. Las estrellas se escondieron, en la tez tan pálida se quedan huellas de lo ha sido el horizonte; parecen nubes negras. Lluvia de hojas pulverizadas, raíces deshechas, historias de las patas que han pisado bajo los árboles, de polen. En las uñas se quedó la historia y más tarde, en el papel, se cayeron granos negros sobre la tinta. En mis ojos se escurrieron las imágenes de día cuando huyó de mis manos eso que tuvo estrellas y agua, que pudo entrarme por la boca y ha salido por la voz y su lenguaje. La tierra que cubre la piel bajo la vida, bajo el calor y el aire y el agua. El barro donde se vierte eso que fluye en las fronteras de la luz, huyó la noche.
lunes, 6 de febrero de 2012
De villamelones, lectores y comentaristas
Mientras nos acercamos a ese mundo feliz en el que sólo usamos las manos para acariciar cuando tenemos permiso expreso, donde decir que tan pendejo es el prójimo está proscrito y las entradas del diccionario se reducen al mínimo necesario para llenar los correctores ortográficos, porque los mismos libros son reliquias en mostradores de colecciones privadas (los museos, evidentemente, estarían reservados a los libros de historia), mientras todo eso ocurre y nos mantenemos en el absurdo que huye de sí mismo, camino.
Una plaza. De esas de las que nos enorgullecemos del nombre, porque conservan jardineras y bancas, de metal o de concreto, y un sendero para pasear; espacios de comercio rápido. Sitios donde nos podemos detener y conversar. Un poste y un cartel. Por un momento los colores violentos y nada cálidos, el rostro y una consigna de triunfador hecho-en-serie; todo ello se difumina para derivar en rojos y amarillos, en negros y en letras de "6 toros 6" y demás información. Me detengo, seguro es el hambre; unos tacos en la mañana y un par de huevos tibios en la madrugada no alcanzan luego de mover paquetes de un lado a otro en la ciudad. Pero sigo mirando al astado y al torero, con traje de luces y capote.
Mis tripas rugen. Hambre y coraje, mala combinación. Recuerdo con claridad tantos comentarios de villamelones al respecto de la lidia, la política, el fútbol, la ciencia, la religión. Recuerdo la falta de calidad argumentativa. ¡Pero sólo son comentarios! Su utilidad se reduce a un pulgar levantado, nada más. Sigo mi camino.
Puesto de periódicos en la esquina, como en tantas esquinas; un bolero dando brillo a un par de zapatillas azul marino; al fondo, una librería. En las primeras planas, lo de casi todos los días: dinero mal habido, marchas, muerte, fútbol y algún chisme de maniquíes móviles y con algo que es una grotesca mezcla entre carne y plástico. Un par de chicos frente al puesto, cigarrillo en mano y un vaso llamativo y de buen material con algo que pretende ser café, hablan de las noticias. Qué buena está, qué mal que tengamos esas autoridades, ¿cuánto le echas a que pierden tus gatitos?, está como gacho que sean las cosas tan así... como que deberían de anular el voto... Cuento 50 güey al final de mi resistencia.
Cosas de costumbre en el como discurso cotidiano.
Y entonces, parece que voy cuesta arriba. Conversaciones entrecortadas que escucho en un galimatías de comentarios inconexos, incoherentes, contradictorios. Por un lado, recuerdo que es posible celebrar la diversidad y el azar; pero ¿acaso cuando ser distinto se vuelve común no se deja de ser distinto?
El tema entre dos personas puede ser respetable y muy digno de debate y conversación, pero el modo es lo que rompe con todo el encanto que supone poder emitir opiniones en un habla inteligible. De pronto resulta mejor utilizar palabras rimbombantes que resuenan, atronadoras, en periódicos o televisión e intentar conectarlas con palabras vacías de significado, no por sí mismas sino por la soberana ignorancia con que se usan (ignorancia ignorada, además). Y luego viene la cereza del pastel: la huida como solución providencial. Al fin y al cabo, allá se gana en verde.
Y pienso: Pero también se gasta en verde.
Tal vez les convenga cambiar de madre, que de ahí salieron. Y por favor, que se ofendan, porque es lo menos que uno puede hacer después de sorprenderse al escupir al útero que nos cobijó.
Pero sigo andando. Los comentarios no cesan, una vorágine de palabras en un pastiche de temas que nada como un pez ahogándose en un pantano entre dos personas que defienden a la mujer porque el hombre siempre ha dicho que son pendejas, y por ello merecen ser llamados pendejos... Supongo que eso quiere decir equidad y liberación. Palabras que acusan al que discrimina porque pobrecitos, como si tuvieran que se defendidos.
Tomo asiento en una banca, espero, y veo pasar una nueva pareja; esta vez con sendos perritos de esas razas tan molestas por sus agudos y nerviosos ladridos pero que han resultado tan efectivas en el mercado por la supuesta lindura que representan. Escucho un nuevo comentario en esa vorágine de contradicciones: Deberían prohibir los toros, ¿es que no se dan cuenta que le duele al pobre torito? ¡Ya quiero ver que le hagan lo mismo al torero, abusivo!
¡Acabáramos! Con la soberana libertad que tenemos como humanos para seleccionar no menos de 3 razas desde el toro porque queremos carne, leche y lidia; y luego, con el cinismo y la alevosía nos decidimos a espetarle al mundo una opinión flaca de argumentos pero llena de sentimentalismo. ¿Pobre toro? ¡Pobre raza! Un animal seleccionado ex profeso para la tauromaquia y resulta que ya no ¿Y los minitoy? ¿Acaso la derivación egoísta y sádica de algo parecido a un lobo hasta un remedo de rata es aceptable?
No lo sé. Tal vez un torero no suelte capotazos a lo menso y sí tiemble por dentro al ver una embestida de semejante animalón a centímetros de sus huesitos; tal vez un toro seleccionado para morir en una corrida cumpla la misma función que la vaca seleccionada para morir en el rastro antes de la hamburguesa que nos zampamos o la gallina que pone huevos en serie para nuestros desayunos o el perrito condenado a la diabetes en su vejez tras la vida sedentaria como cría de canguro de quien sólo gusta de "verse" bien.
En gustos se rompen géneros y en comentarios, pensamiento.
6 villamelones 6, debería decir un cartel y plantarlos en un sitio para ver si con argumentos comenzamos a mirar qué decimos. Es muy fácil hablar cuando no se sabe, cuando jamás se ha leído de política o se ha presenciado la corrupción y uno se siente aliviado de repetir discursos baratos (pues nos han salido baratos); es muy fácil decir que no nos gusta la comida sin haberla probado u olido.
¿Hacer de todos analistas? No, eso es de libre albedrío; creo que más bien la pregunta es (con obvia respuesta afirmativa): ¿Fomentar la reflexión y el análisis?
Así, una campaña no se gana por que aquél sea un bombón bien peinado o porque profese amor y paz o porque tenga mano dura con sonrisa ingenua. Así, los deportes y la cultura se mirarían sin desdén y con mayor atención (huelga decir que aumentaría el profesionalismo, pues el mejor equipo no sería el campeón sino el que mejor se desempeña y en consecuencia no habría trofeos de regalo) y así sucesivamente, las conversaciones buscarían nutrirse de la facultad tan laureada en nuestra especie que es pensar y sentir, y no de pulgarcitos levantados antes de llenar el inventario del olvido.
Una plaza. De esas de las que nos enorgullecemos del nombre, porque conservan jardineras y bancas, de metal o de concreto, y un sendero para pasear; espacios de comercio rápido. Sitios donde nos podemos detener y conversar. Un poste y un cartel. Por un momento los colores violentos y nada cálidos, el rostro y una consigna de triunfador hecho-en-serie; todo ello se difumina para derivar en rojos y amarillos, en negros y en letras de "6 toros 6" y demás información. Me detengo, seguro es el hambre; unos tacos en la mañana y un par de huevos tibios en la madrugada no alcanzan luego de mover paquetes de un lado a otro en la ciudad. Pero sigo mirando al astado y al torero, con traje de luces y capote.
Mis tripas rugen. Hambre y coraje, mala combinación. Recuerdo con claridad tantos comentarios de villamelones al respecto de la lidia, la política, el fútbol, la ciencia, la religión. Recuerdo la falta de calidad argumentativa. ¡Pero sólo son comentarios! Su utilidad se reduce a un pulgar levantado, nada más. Sigo mi camino.
Puesto de periódicos en la esquina, como en tantas esquinas; un bolero dando brillo a un par de zapatillas azul marino; al fondo, una librería. En las primeras planas, lo de casi todos los días: dinero mal habido, marchas, muerte, fútbol y algún chisme de maniquíes móviles y con algo que es una grotesca mezcla entre carne y plástico. Un par de chicos frente al puesto, cigarrillo en mano y un vaso llamativo y de buen material con algo que pretende ser café, hablan de las noticias. Qué buena está, qué mal que tengamos esas autoridades, ¿cuánto le echas a que pierden tus gatitos?, está como gacho que sean las cosas tan así... como que deberían de anular el voto... Cuento 50 güey al final de mi resistencia.
Cosas de costumbre en el como discurso cotidiano.
Y entonces, parece que voy cuesta arriba. Conversaciones entrecortadas que escucho en un galimatías de comentarios inconexos, incoherentes, contradictorios. Por un lado, recuerdo que es posible celebrar la diversidad y el azar; pero ¿acaso cuando ser distinto se vuelve común no se deja de ser distinto?
El tema entre dos personas puede ser respetable y muy digno de debate y conversación, pero el modo es lo que rompe con todo el encanto que supone poder emitir opiniones en un habla inteligible. De pronto resulta mejor utilizar palabras rimbombantes que resuenan, atronadoras, en periódicos o televisión e intentar conectarlas con palabras vacías de significado, no por sí mismas sino por la soberana ignorancia con que se usan (ignorancia ignorada, además). Y luego viene la cereza del pastel: la huida como solución providencial. Al fin y al cabo, allá se gana en verde.
Y pienso: Pero también se gasta en verde.
Tal vez les convenga cambiar de madre, que de ahí salieron. Y por favor, que se ofendan, porque es lo menos que uno puede hacer después de sorprenderse al escupir al útero que nos cobijó.
Pero sigo andando. Los comentarios no cesan, una vorágine de palabras en un pastiche de temas que nada como un pez ahogándose en un pantano entre dos personas que defienden a la mujer porque el hombre siempre ha dicho que son pendejas, y por ello merecen ser llamados pendejos... Supongo que eso quiere decir equidad y liberación. Palabras que acusan al que discrimina porque pobrecitos, como si tuvieran que se defendidos.
Tomo asiento en una banca, espero, y veo pasar una nueva pareja; esta vez con sendos perritos de esas razas tan molestas por sus agudos y nerviosos ladridos pero que han resultado tan efectivas en el mercado por la supuesta lindura que representan. Escucho un nuevo comentario en esa vorágine de contradicciones: Deberían prohibir los toros, ¿es que no se dan cuenta que le duele al pobre torito? ¡Ya quiero ver que le hagan lo mismo al torero, abusivo!
¡Acabáramos! Con la soberana libertad que tenemos como humanos para seleccionar no menos de 3 razas desde el toro porque queremos carne, leche y lidia; y luego, con el cinismo y la alevosía nos decidimos a espetarle al mundo una opinión flaca de argumentos pero llena de sentimentalismo. ¿Pobre toro? ¡Pobre raza! Un animal seleccionado ex profeso para la tauromaquia y resulta que ya no ¿Y los minitoy? ¿Acaso la derivación egoísta y sádica de algo parecido a un lobo hasta un remedo de rata es aceptable?
No lo sé. Tal vez un torero no suelte capotazos a lo menso y sí tiemble por dentro al ver una embestida de semejante animalón a centímetros de sus huesitos; tal vez un toro seleccionado para morir en una corrida cumpla la misma función que la vaca seleccionada para morir en el rastro antes de la hamburguesa que nos zampamos o la gallina que pone huevos en serie para nuestros desayunos o el perrito condenado a la diabetes en su vejez tras la vida sedentaria como cría de canguro de quien sólo gusta de "verse" bien.
En gustos se rompen géneros y en comentarios, pensamiento.
6 villamelones 6, debería decir un cartel y plantarlos en un sitio para ver si con argumentos comenzamos a mirar qué decimos. Es muy fácil hablar cuando no se sabe, cuando jamás se ha leído de política o se ha presenciado la corrupción y uno se siente aliviado de repetir discursos baratos (pues nos han salido baratos); es muy fácil decir que no nos gusta la comida sin haberla probado u olido.
¿Hacer de todos analistas? No, eso es de libre albedrío; creo que más bien la pregunta es (con obvia respuesta afirmativa): ¿Fomentar la reflexión y el análisis?
Así, una campaña no se gana por que aquél sea un bombón bien peinado o porque profese amor y paz o porque tenga mano dura con sonrisa ingenua. Así, los deportes y la cultura se mirarían sin desdén y con mayor atención (huelga decir que aumentaría el profesionalismo, pues el mejor equipo no sería el campeón sino el que mejor se desempeña y en consecuencia no habría trofeos de regalo) y así sucesivamente, las conversaciones buscarían nutrirse de la facultad tan laureada en nuestra especie que es pensar y sentir, y no de pulgarcitos levantados antes de llenar el inventario del olvido.
sábado, 4 de febrero de 2012
Camino
En las manos, las espinas de los nidos
que dejé cocerse bajo el sol muerto de frío;
en pestañas, los estratos y los cirros
fueron volutas en los labios y se fueron.
En mis uñas brilla el negro de obsidiana,
es mejor tallar la carne que pintar papel,
que quemar el suelo o los espinos.
Hoy mis pasos encontraron un sendero,
la mitad de carne húmeda,
la mitad de hierro frío;
en el rojo hubo sangre y calores, hubo barro,
en el otro sólo su frío.
En mis plantas se quedaron huellas;
en la izquierda tierra con los gritos del nacido,
la derecha se perdía entre la piel y sus berridos.
Vi un espejo, me decía que pintura,
que agujas y que el tiempo se ha vencido;
vi mis palmas y gemían por la muerte
que no acecha, que no espera,
que me abraza mientras vivo.
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