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domingo, 16 de diciembre de 2012

Estrechez en el horizonte

Recientemente me he encontrado con camaradas de ciencia, compañeros de disciplina, y en estos encuentros ha vuelto a cuento una vieja controversia: La estrechez de sus visiones. Tampoco es que me quiera entrometer en temas de metafísica y cosas por el estilo. Es una reflexión que pretendo poner en crudo.

Hace años que me intereso por la divulgación de la ciencia a pesar de que aún no logro iniciarme formalmente en la disciplina. En un principio, hacía corajes al escuchar gente que se expresaba literalmente así: "Yo no tengo por qué enseñarle a idiotas cosas que la verdad no van a entender" y, como consecuencia, se condenaba al olvido el conocimiento sobre el mundo empírico. Ahora, me entristezco.

La tristeza no es por la condena literal al enclaustrar la información. Más bien, me da mucha tristeza escuchar soberbia en gente que debería de evitarla; no tanto por la labor de divulgador, sino por la razón de las ciencias naturales: estudiar el mundo empírico toda vez que su comprensión nos ayudará a comprendernos más, lo cual implica colocarnos en un sitio diametralmente opuesto al de amo y señor del universo (merced a la herencia divina o lo que gusten).

Lo peor viene cuando esas mismas palabras de soberbia salen de quien busca ser divulgador. De cualquier modo, la cosa va así: ¿qué tan amplio es el criterio?

Independientemente de nuestra disciplina, es frecuente que la gente condene a las primeras de cambio y no con un "me gusta o no me gusta" sino con "es inferior" o con construcciones que acusan en su sentido lo chocante que es hablar de un tema y su menosprecio.

Pongo el ejemplo: Se habla de un bicho cualquiera ante un público más bien heterogéneo; es bueno exponer las características biológicas de ese ser vivo, eso habla del dominio disciplinario. Sin embargo, ese mismo dominio se merma cuando sólo se hiper-especializa. Por el contrario, el conocimiento especializado (biológico en este ejemplo) cobra un mayor sentido cuando se sitúa en una realidad en la que no sólo valen taxonomías y moléculas, cuando se vincula con una realidad menos ajena a ese público heterogéneo.

Sin embargo, mucha gente goza de alimentar su ego al mostrar su conocimiento sin buscar que sea comprendido en un diálogo con el lector-escucha-testigo. Es entonces cuando el resultado es hartazgo y rechazo por quienes no comparten la estrecha visión del expositor, y se alimentan declaraciones como las que abrieron esta reflexión: nadie entiende, ergo se condena al olvido.

No sólo de pan vive el hombre. Es una característica de la "universidad" ese carácter "universal" que tanto se ha diluido en el absurdo afán de coleccionar especialidades, disciplinas estrechas que poco a poco se hacen  más ajenas al humano. Ya he hablado del tema en otras entradas, y se vincula con este porque justo cuando se trata de entender el mundo empírico, como lo reflexionó el buen René Dubos en Los sueños de la razón, uno no puede tener estrecho el horizonte.

jueves, 9 de agosto de 2012

Scratch du oro

No falla; es temporada de olímpicos y nos inundamos de frustradas y frustrados que gozan con gritar a los cuatro vientos que no gustan del deporte, que no verán los olímpicos y que nadie que se precie de pensar un poco o de tener criterio debería de verlos.

Los hay que generalizan la sana práctica deportiva con las vilezas de quienes comercian con ella, sea en telecomunicaciones, sea en apuestas o sea en toda la parafernalia que permite el espectáculo de los juegos olímpicos. La verdad es que sí, los atletas tienen un empleo que gozan y por el cual reciben un pago... Cobran por jugar. ¿Tiene eso algo de vileza? Me refiero al hecho de hacer deporte y recibir un pago por ser suficientemente bueno como para generar en un público un torrente de sentires y pasiones.

En el caso anterior se meten las instituciones; ¿qué le vamos a hacer? Poco en este mundo está lejos de las instituciones, y si lo está ni nos enteramos, precisamente porque las telecomunicaciones se deben a las instituciones. Esos criticones se nos caen.

¿Qué pasa con quienes apelan a la competencia? Que si es mala, que si es ruin. Les tengo noticias, el deporte en sí mismo es competencia; en el caso de los olímpicos, sí que se enfrentan naciones, con al salvedad de que todo se realiza en un contexto de franqueza y equidad, cosa que no sucede con la tan constante pero deplorable guerra.

Sistemas educativos aparte, las competencias son inherentes al humano; somos seres vivos en diaria lucha por la existencia, otra cosa es cuando hay deslealtad y deshonor, pero la competencia es parte de las relaciones ecológicas que sostienen el entramado de la vida.

Vemos las disciplinas y claro que se ven ejemplos de deslealtad, de malos sentimientos, de ventajas injustas; sin embargo, hay atletas que a pesar de todo triunfan. Evidente ejemplo, pero no falta quien quiere echar mano y saludar con sombrero ajeno. Es donde entra otra historia y otro tema, la ética y el hacer bien las cosas al comunicar y "reflexionar", pero para eso están las entradas venideras.

¿Qué pasa con los otros escupidores? Sí, los que gozan con decir que "el segundo lugar es el primer perdedor". Bueno, pues es que no tienen idea, ni la más mínima, de lo que es hacer deporte para ganar. Además, no tienen idea de lo que es competencia; porque para que alguien gane, alguien debe perder; que hablan como si sólo fuese el preparado el que está ahí y el otro fuera un muñeco de paja.

En resumen, quienes escupen al deporte olvidan que al final de la partida, el rey y el peón van a la misma caja; que la competencia uno a uno o equipo a equipo sigue siendo leal y depende de muchísimos factores, entre ellos la capacidad del sujeto más allá de la parafernalia tecnológica o el peso de la historia.

Quienes escupen, generalmente no tienen las agallas de tomar un balón e intentar tirar al arco o de tomar los aros e intentar izarse hasta poner la cabeza a la altura de los eslabones. Se quedan con una superficie del espectáculo y no del deporte: Arañan el oro y se contentan, se conforman con ello.

lunes, 2 de julio de 2012

Sin tirar la toalla

Hay eco interno, los pasos no llegan a las paredes revestidas por el tiempo en el gran cuadrilátero del Zócalo. La bandera ondea solitaria, casi pegada al asta. Una mujer sentada en las escaleras de la salida del Metro ojea un periódico barato; apenas se escuchan los autos por las calles y ya es horario de oficina. El centro deja transcurrir la vida por sus calles, un silencio inusitado en lunes.

La vida laboral continúa. Benditas vacaciones; en la red se contagia el activismo político y no falta quien golpea con la consabida hipócrita a quienes comienzan por la palabra y la difusión para luego pasar a la acción física. ¿Será que no cuenta como acción el hecho de informar y argumentar?

Pero ¿qué sucederá? Las primeras planas resaltan la fácil victoria que constituye el retorno de la dictadura perfecta. Al activismo se sigue la apatía y la tristeza, el luto y el miedo. ¿Miedo a qué? ¡Quién sabe! Pocos podemos nombrarlo: Miedo a pan con lo mismo, miedo al contracorriente de nuestro camino inmediato. Pero en absoluto miedo a la muerte.

Esto causa más tristeza que mirar el regreso del México Jurásico. El hecho de que la gente tiembla porque es necesario temblar, porque la multitud tiembla pero no sabe frente a qué tiembla, no sabe si realmente le afecta; en consecuencia, viene la apatía, la certeza de que nada puede hacer y eso es porque precisamente nada sabe de lo que podría hacer.

Las tiendas siguen abriendo, los claxon vuelven a sonar con sus amos histéricos.

¿De qué me sirve enterarme, informar, marchar, actuar? Si al final vuelven los dedos que me llaman hipócrita cuando intento irme por la derecha, respetar, reflexionar; si esos dedos pertenecen a criticones cómodos que no ofrecen argumentos salvo los yerros ajenos.

Y aún peor, ¿por qué buscar la congruencia? Si a mi alrededor el miedo ingenuo e ignorante da paso a la indiferencia de "ver el lado bueno" y mantenerse en la inercia que nos ha dejado donde estamos: Un pueblo virtual, ignorante de sí mismo, irresponsable, indiferente, insensible, inmediato, irreflexivo, un pueblo vestido de moda y no de historia, un pueblo vestido de simplezas gariboleadas y dispersas.

Buscar congruencia, enterarse, informarse, marchar, actuar... Todo eso por mi propia voz, que es lo que me queda en las ruinas entre las que ando; mi voz para mantenerme ligado a aquellos que también luchan, que también actúan agradecidos con la vida que se los permite.

En el zócalo vacío y triste se construyen nuevos caminos. En el cuadrilátero histórico se combate un nuevo asalto, dos minutos eternos hasta limpiar la sangre, la saliva y el sudor.

jueves, 28 de junio de 2012

De estabilidades...

Sus ojos merodeaban por la superficie y sus dedos bailaban, nerviosos, de aquí para allá. En ocasiones se detenían nada más para calcular el próximo salto a un ratón no-vivo que guía a los ojos. Mientras, los labios simulan aquello que se imprime en la luz de la pantalla: El mundo está roto.

Increíble. Las esperanzas, las palabras, los mensajes, el tacto y el otro se desgranan en esa ruptura virtual. Como si el mundo necesariamente fuese aquello que el humano atraviesa y no lo que atraviesa al humano. El mundo está roto porque la sociedad está rota, porque la generación de nuevas cabecitas es en masa, es idéntica y se coloca en canastos frescos con etiquetas impresas con un precio y un código de barras. Porque el reconocimiento en el otro se reduce a un pulgar minúsculo, apenas luminoso, que es intruso en la pupila y desencadena una sonrisa tan virtual como el pulsar la tecla delete o el botón de encendido.

¿Qué sucede con los sujetos? Nos aferramos a la ilusión y el deleite delirante de la propia imagen, que no escape a nuestro asiento, antes de confirmar qué tanto se rasga la piel con un sólo índice, con una palma, con un cacto, con un cabello... Con salir del mundo electrizado.

¿Qué ha pasado con las conexiones que reducen distancias? Que las han vuelto virtuales; tanto como el papel de uno en el mundo virtual, el mundo roto virtual, el mundo de la ruptura virtual. Ahí, somos una cifra: el cero inventado y lo que existe a su izquierda, en ese lugar que nada nos dice, del que nada sabemos, el que no nombramos.

De pronto la relación se reduce al par de trompos que giran sobre su propio eje y que, con el tiempo, se percatan de la imposibilidad de fundirse. De pronto, la sonrisa y el sentir son instantes que sobreviven gracias a un enchufe y una clavija. Y sobrevivimos, nos dejamos ir de muertito en el mar de la inmediatez, de la incertidumbre que vuelve todo un todo pantanoso e inestable. Pero estamos bien.

Sí, se fomenta esa estabilidad donde nada es seguro; donde se usan genéricos por no nombrar, por no sentir, por no atravesarnos. La queja luego, y luego la resignación. Al fin y al cabo ¿de qué sirve? Las preocupaciones se reducen a mantener la virtualidad de la propia existencia. La depresión se cura con una prótesis de nuestra sonrisa. El placebo más efectivo, te generas una otra vida sin el otro; y si no gusta, se personaliza ese laberinto donde todo es igual.

Manos que no tocan, corazón que no siente.



Dejo al calce el artículo que inspiró:

lunes, 4 de junio de 2012

Parapetos de panfletos

Me hierve el alma con el discurso panfletario de la ambigüedad y sus bendiciones. Irreflexivo, pues.

¡Tantas veces que se escucha en la juventud! Y aún la disculpa automática de "están chavos" es indignante por lo repetida. Y no es que se busque sentar una verdad absoluta, no soy hombre de dogmas, pero sí fomentar la discusión y la investigación crítica... No el tomar de pretexto el amor-desamor, la vida-muerte, el deseo-pasión como fichas de dominó que desemboquen en un efecto que casi siempre se muere pasadas tres fichas.

¿Qué pasa?

Pasa que la dualidad se ensucia con ambigüedad. Es cierto, el azar es insoslayable; el equívoco es la pimienta del platillo y el acicate para continuar navegando asintóticamente a las respuestas de nuestras preguntas. Sí, el fango es delicioso en el viaje y la inestabilidad de la tierra entre los dedos es necesaria. El problema y la injusticia vienen cuando se extraen esos nombres: equívoco, azar, ambiguo, y se conforman panfletos que no informan ni nada, productos milagro que se consumen y se utilizan como parapetos ante la realidad.

¡Hay que decirlo!

Da culo, da terror tomar la propia carne y empuercarse. Darse cuenta del propio error, del propio orgullo, del propio celo y la propia estupidez... Olfatear la casa podrida de desidia por limpiar, de ese olvido de uno mismo que engulle lo mejor de la vida y entonces, cuando la peste llega, nadie quiere limpiar y sale huyendo.

Lo peor es cuando la libertad se ensucia con ese panfleto idiota. Y nos decimos libres por desfachatados, por deshilachados, por ensuciados de olvidos y desidias.

Entonces lloro.

martes, 22 de mayo de 2012

Universidad

Un café siempre es un buen pretexto, mantener ocupados los labios y la lengua; las manos pueden destrozar la calma de una servilleta o ahorcar un cigarrillo que aguarda por la flama que le de una razón de estar ahí, en la antesala. Mientras, la charla.

Una o dos citas pretenciosas y todo sigue igual. Como uno de esos que le mueven al café cuando ya se ha diluido todo cuanto le añadieron. Vamos, para eso están las citas pretenciosas, para soltar un destello culturoso.

Pero digamos que la persona tiene idea de cómo hablar, entonces la cita deriva en una charla que parece ser interesante y efervescente, florida y carnosa. Al final, cuando uno mira con detalle lo que se parloteó, se da cuenta de que ¡oh, sorpresa! No se dijo salvo, de la superficie, lo obvio. Como descubrir el hilo negro, lo que cabe en tres o cinco líneas, una escaramuza de esas de pasillo o de vagón del metro antes de la partida irremediable, pero que se alarga. La mezcla entre no saber decir pero medio saber qué decir o qué se querría decir.

A pesar de que en ocasiones no es intencional, el vacío de las palabras en una charla ficticia sigue molestando.

¡Y hay quienes se dicen preparados por estar en la Universidad!

Curiosamente tiene menos de superior que de educación, lo cual empeora su imagen. Ese recinto de análisis y crítica devino una cápsula, una sala de estar donde precisamente las palabras son vacías porque sólo se parlotean y al final siempre está el escudo del oxímoron o de la belleza en la contradicción tan humana, en que las reglas están para romperse. Lo más triste es que recursos tan críticos devienen pretextos para los holgazanes.

¿Qué hay de ese matiz de universalidad del universitario? Independientemente del nombre del recinto, se entiende el contexto al que me refiero.

¡Nada!

Pocos en realidad son quienes se interesan por lo que acontece más allá de sus muros (qué apropiado momento para usar esa palabra). En comparación con la matrícula universitaria, al menos en México, pocos son los que hablan más allá de su jerga y menos los que se atreven a entrever que tal vez, sólo tal vez, su disciplina no es el non plus ultra.

Hay que aclarar: Es obvio que si estudié biología hable de cosas de biólogos, pero limitarme a eso es lo que señalo como un error, pues es contradictorio con la idea de universalidad, de un campus donde pueden converger discursos de distintos campos del conocimiento y fomentar la discusión y la argumentación, de pronto la cosa se vuelve dogmática y aún si uno se mete a los escabrosos caminos de la teología y el diálogo religioso, comienzan los fanatismos.

Resuenan el no me interesa, el ¿para qué?, el no sirve, el ¡no voy a gastar mi tiempo explicando a idiotas que me entenderán! y un larguísimo etcétera.

Al final, lo más triste: ¡Cuántas quejas hay de lo apestosa que es la realidad social! Pero cuánta apatía y egoísmo.

¿Las marchas? ¿Las manifestaciones? ¡Faltaba más! Ya era hora de que metiéramos mano en un presente que construimos entre todos.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Humanismo va con H de Huxley

Noche de martes, marzo. Tras un cristal, en una vitrina montada en el muro de un pasillo, hay anuncios y afiches con la cartelera de seminarios, puestas en escena, espectáculos de danza, música y demás cosas de lo que llaman pomposamente "cultura" (como si la cultura se armara en la cúpula, como alguna vez llegué a pensar, y no en la argamasa de la sociedad). Sea como fuere, mi mirada captó un papel con letras grises y negras sobre fondo blanco que anunciaba algo parecido a un seminario o un simposio o un encuentro, olvidé ese detalle con la suerte de síntesis que acomodaron para atraer público: Enlistados verticalmente y con sendos rectángulos, los 4 elementos que conformaban la realidad según diversas culturas antiguas. Al final ¡cómo no!, la estrella del escenario: el quinto elemento, el humano.

Alguna vez escuché que era el fútbol, otras veces el vacío, el caos, la madera, el metal... Vamos, tantas cosas; pero ninguna como en esta ocasión y, claro, sobra decir el lugar por obvio: Facultad de Filosofía y Letras.

¿Increíble? Tal vez risible. Pero, para mí no lo es; es para frustrarse, para indignarse aunque no para rasgarse las vestiduras.

La cosa es que tanto nos empeñamos en separarnos de la realidad: Los animales y los humanos, como si fuésemos reinos distintos entre los seres vivos (y eso que la sistemática es arbitraria y todo ello, pero hay una base empírica de similitudes biológicas entre los que conforman grupos amplios, o sea los reinos). Claro, una cosa es la animalidad que tenemos, la sociedad, la cultura y tantas cosas tan particulares; pero no dejamos de ser bichos bípedos con ínfimas posibilidades de supervivencia al desnudo y a campo traviesa con la tremebunda dependencia tecnológica y de "la civilización".

Incluso nos preciamos de manipular vida y muerte, de acomodar el cuerpo a la belleza estática. ¿De dónde viene todo esto? De la religiosidad, esa raíz tan hondamente enterrada en nuestra historia que nos deja pasar la idea de que somos egresados y nuestro destino es mandar en el mundo.

Bien, nuestro mundo como propiedad. Tan especiales que en él mandamos y cualquier otro ente vivo debe parecerse a nosotros, bípedo de preferencia, con tecnología comprensible y siempre, siempre, con el objetivo de conquistarnos. Un mundo aparte.

Ayer noté, con sorpresa, que no basta ser lo mejor del universo; ahora somos un elemento que genera realidad. ¿Acaso no es asquerosa esta melaza de elogios? ¿Acaso no es preocupante la ausencia de autocrítica? Independientemente de las muchas reflexiones que en definitiva rebasan en calidad y profundidad a este grito solitario, ¿acaso nuestras conversaciones no son huérfanas de humildad?

Tal vez esa otredad de la que se habla tanto (y tan pomposamente), esa muerte que tanto se alaba en ciertos círculos (y con tanto miedo), no sea otra cosa que los vapores de la melaza humanista. Pero ¿qué hay de la raíz natural? ¿de la carne? Tal vez agonizan entre letras, en circuitos, en ciudades, en la gran mentira que alimentamos para hacer un nicho a Aldous Huxley como único profeta.

domingo, 12 de febrero de 2012

La maldición de Zeus

Un hombre enfrente, de sangre y carne en el cuerpo. Luego, musculoso, descalzo, cabello rizado y blanco; barba abundante, mirada monárquica. Sentado en un trono, bastón en mano y alguna prenda cubriendo del ombligo hasta las rodillas. Todo marmóleo, gris con vetas blancas y nubes tatuadas. Nubes que, parece, nunca fueron tales; pero son semejantes.

De pronto, el pupitre con los rayones de este semestre y de los anteriores. De madera o de plástico, es lo mismo: un nuevo adepto se sentará ahí a poner todo su ser en la recepción del fuego sagrado. Un alumno, un sin luz. Y al frente, el pebetero por derecho divino. El gran dios del rayo y la tormenta; el águila emblemática de un cielo que todo lo mira y todo lo examina y que es inalcanzable.

Volvemos. A lo lejos, una estrella parece hablar en morse: Mnemósine. Algún día habría cuchillo bajo las ropas y entre las piernas, autoras de los pasos que no se dan por no separarse del trono o que no se volverán a dar. Nadie lo sabe, la mirada del monarca es insondable.

Pero ¿quién le ha puesto guirnaldas entre los rizos?

Las manos se posan en las páginas blancas, reacias a los tatuajes de un bolígrafo mordisqueado, olvidado, recuperado, prestado, nuevo o usado. Las pupilas se abren como platos, su profundidad se esconde en algún lado; las palabras de Zeus llegan como manjares sazonados con historias que seguro nacieron en la misma realidad que cualquier mortal; pero nada más llegar devienen ficción, las pestañas se tornan guirnalda y vuelan, palomas, a posarse en los rizos estrenados por ese nuevo modelo de Fidias.

El tiempo dijo que en su momento, habría navaja bajo las ropas del recolector de nubes. ¿Dónde quedó su cosecha? Tal vez pétrea en el mármol de su trono; tal vez fábrica de la vajilla que se le planta al frente, lista para recibir el banquete. Pero el alimento es de mostrador, nadie se nutre. Los oídos resguardan algo que de ser luz deviene humo y luego holograma de un vaso que debe llenarse con lo que se vierta de entre los labios del adepto.

¿Qué sucede entonces? Los dioses no son dioses sino hasta que existan creyentes.

No es Zeus quien petrifica el cielo, son las manos que acarician su piel las que lo hacen omnisciente.

Pero el tiempo se quedó pasmado cuando las pupilas dejaron de ser cenotes donde hay diálogo, donde el viento entra y acaricia el agua, la hace trémula y tal vez la preña. El tiempo y su daga son objeto del olvido, son mudos sin nombre, sin tierra. Mientras tanto, el parto de la lengua hace que las rodillas besen ese sendero que alguna vez tocaron las plantas del Zeus renovado, posmoderno; la piel se vierte en el vaso de las palabras como nubes recién recolectadas, se buscan llenar los moldes de tantas estatuillas, escapularios, pinturas, jarrones, bajorrelieves. Teatros que no dialogan, que presentan y no representan, que imitan, que no son artífices sino artificios en serie por voluntad propia. Todos forman un castillo de naipes que cae ¿y la identidad? En algún giro del viento volará.

Un mortal endiosado y sus palabras trocadas por hilos que se atan concienzudamente en cada poro. No se puede respirar sin autorización. Los dioses son eternos en los ojos de espejuelo, son de carne y hueso bajo el filo del tiempo.

¿Y qué pasó con la hoz y su testamento?

lunes, 6 de febrero de 2012

De villamelones, lectores y comentaristas

Mientras nos acercamos a ese mundo feliz en el que sólo usamos las manos para acariciar cuando tenemos permiso expreso, donde decir que tan pendejo es el prójimo está proscrito y las entradas del diccionario se reducen al mínimo necesario para llenar los correctores ortográficos, porque los mismos libros son reliquias en mostradores de colecciones privadas (los museos, evidentemente, estarían reservados a los libros de historia), mientras todo eso ocurre y nos mantenemos en el absurdo que huye de sí mismo, camino.


Una plaza. De esas de las que nos enorgullecemos del nombre, porque conservan jardineras y bancas, de metal o de concreto, y un sendero para pasear; espacios de comercio rápido. Sitios donde nos podemos detener y conversar. Un poste y un cartel. Por un momento los colores violentos y nada cálidos, el rostro y una consigna de triunfador hecho-en-serie; todo ello se difumina para derivar en rojos y amarillos, en negros y en letras de "6 toros 6" y demás información. Me detengo, seguro es el hambre; unos tacos en la mañana y un par de huevos tibios en la madrugada no alcanzan luego de mover paquetes de un lado a otro en la ciudad. Pero sigo mirando al astado y al torero, con traje de luces y capote.


Mis tripas rugen. Hambre y coraje, mala combinación. Recuerdo con claridad tantos comentarios de villamelones al respecto de la lidia, la política, el fútbol, la ciencia, la religión. Recuerdo la falta de calidad argumentativa. ¡Pero sólo son comentarios! Su utilidad se reduce a un pulgar levantado, nada más. Sigo mi camino.


Puesto de periódicos en la esquina, como en tantas esquinas; un bolero dando brillo a un par de zapatillas azul marino; al fondo, una librería. En las primeras planas, lo de casi todos los días: dinero mal habido, marchas, muerte, fútbol y algún chisme de maniquíes móviles y con algo que es una grotesca mezcla entre carne y plástico. Un par de chicos frente al puesto, cigarrillo en mano y un vaso llamativo y de buen material con algo que pretende ser café, hablan de las noticias. Qué buena está, qué mal que tengamos esas autoridades, ¿cuánto le echas a que pierden tus gatitos?, está como gacho que sean las cosas tan así... como que deberían de anular el voto... Cuento 50 güey al final de mi resistencia.


Cosas de costumbre en el como discurso cotidiano.


Y entonces, parece que voy cuesta arriba. Conversaciones entrecortadas que escucho en un galimatías de comentarios inconexos, incoherentes, contradictorios. Por un lado, recuerdo que es posible celebrar la diversidad y el azar; pero ¿acaso cuando ser distinto se vuelve común no se deja de ser distinto?


El tema entre dos personas puede ser respetable y muy digno de debate y conversación, pero el modo es lo que rompe con todo el encanto que supone poder emitir opiniones en un habla inteligible. De pronto resulta mejor utilizar palabras rimbombantes que resuenan, atronadoras, en periódicos o televisión e intentar conectarlas con palabras vacías de significado, no por sí mismas sino por la soberana ignorancia con que se usan (ignorancia ignorada, además). Y luego viene la cereza del pastel: la huida como solución providencial. Al fin y al cabo, allá se gana en verde.


Y pienso: Pero también se gasta en verde.


Tal vez les convenga cambiar de madre, que de ahí salieron. Y por favor, que se ofendan, porque es lo menos que uno puede hacer después de sorprenderse al escupir al útero que nos cobijó.


Pero sigo andando. Los comentarios no cesan, una vorágine de palabras en un pastiche de temas que nada como un pez ahogándose en un pantano entre dos personas que defienden a la mujer porque el hombre siempre ha dicho que son pendejas, y por ello merecen ser llamados pendejos... Supongo que eso quiere decir equidad y liberación. Palabras que acusan al que discrimina porque pobrecitos, como si tuvieran que se defendidos.


Tomo asiento en una banca, espero, y veo pasar una nueva pareja; esta vez con sendos perritos de esas razas tan molestas por sus agudos y nerviosos ladridos pero que han resultado tan efectivas en el mercado por la supuesta lindura que representan. Escucho un nuevo comentario en esa vorágine de contradicciones: Deberían prohibir los toros, ¿es que no se dan cuenta que le duele al pobre torito? ¡Ya quiero ver que le hagan lo mismo al torero, abusivo!


¡Acabáramos! Con la soberana libertad que tenemos como humanos para seleccionar no menos de 3 razas desde el toro porque queremos carne, leche y lidia; y luego, con el cinismo y la alevosía nos decidimos a espetarle al mundo una opinión flaca de argumentos pero llena de sentimentalismo. ¿Pobre toro? ¡Pobre raza! Un animal seleccionado ex profeso para la tauromaquia y resulta que ya no ¿Y los minitoy? ¿Acaso la derivación egoísta y sádica de algo parecido a un lobo hasta un remedo de rata es aceptable?


No lo sé. Tal vez un torero no suelte capotazos a lo menso y sí tiemble por dentro al ver una embestida de semejante animalón a centímetros de sus huesitos; tal vez un toro seleccionado para morir en una corrida cumpla la misma función que la vaca seleccionada para morir en el rastro antes de la hamburguesa que nos zampamos o la gallina que pone huevos en serie para nuestros desayunos o el perrito condenado a la diabetes en su vejez tras la vida sedentaria como cría de canguro de quien sólo gusta de "verse" bien.


En gustos se rompen géneros y en comentarios, pensamiento.


6 villamelones 6, debería decir un cartel y plantarlos en un sitio para ver si con argumentos comenzamos a mirar qué decimos. Es muy fácil hablar cuando no se sabe, cuando jamás se ha leído de política o se ha presenciado la corrupción y uno se siente aliviado de repetir discursos baratos (pues nos han salido baratos); es muy fácil decir que no nos gusta la comida sin haberla probado u olido.


¿Hacer de todos analistas? No, eso es de libre albedrío; creo que más bien la pregunta es (con obvia respuesta afirmativa): ¿Fomentar la reflexión y el análisis?


Así, una campaña no se gana por que aquél sea un bombón bien peinado o porque profese amor y paz o porque tenga mano dura con sonrisa ingenua. Así, los deportes y la cultura se mirarían sin desdén y con mayor atención (huelga decir que aumentaría el profesionalismo, pues el mejor equipo no sería el campeón sino el que mejor se desempeña y en consecuencia no habría trofeos de regalo) y así sucesivamente, las conversaciones buscarían nutrirse de la facultad tan laureada en nuestra especie que es pensar y sentir, y no de pulgarcitos levantados antes de llenar el inventario del olvido.

miércoles, 25 de enero de 2012

Devaluación

No es noticia, podríamos recitar de memoria no menos de cinco anécdotas de malinchismo: el generalizado y muy popular arte de despreciar la patria. Ambas palabras son dignas de sendas discusiones, pero no es ocasión de filología. Las tomaré en aras de la brevedad y la continuidad de mi discurso.

Cabe advertir que, como en ocasiones anteriores, esta es una reflexión, en absoluto pretendo subirme al púlpito o convocar antorchas; en todo caso pretendo dejar plasmadas mis palabras e invitar (exhortar suena muy trillado en el tema que me interesa esta vez) a pensar.

Es que, sólo con salir uno se da cuenta. ¡Hay talento de sobra en este país! Pero preferimos al extranjero; y digo preferimos por aquello del plural para matizar, que luego se dejan sentir las acusaciones y sus represalias.

Al relato.

Condechi, noche de algún día entre semana; una invitación personal. Primero, los nervios; luego, la calma expectante. Una linda entrevista, por demás con el entendido entre líneas de una charla entre amigos pero con público. Viene, entre muchos dardos envenenados, una conclusión: La colectividad en la que se supone que vivimos está llena de divas.

La charla, por cierto, era sobre la situación que pasa entre el teatro y las demás artes: nadie se apoya. Los escénicos no aceptan el apoyo de plásticos para escenografías o de músicos para sus efectos o de danzantes para coreografías; es más, ni siquiera de otras disciplinas. Tomaré como ejemplo este galimatías para mi reflexión.

Sí, ya se ha escuchado hasta el cansancio la telenovelita esta de la cubeta de cangrejos, pero no es a lo que apunto con mi texto. Lo mío es poco más que el consabido “no sabemos trabajar en equipo”.

Veamos. Cuando uno va al teatro, en particular si a uno le entusiasman o apasionan las artes escénicas y las historias, se va dando cuenta de que el público lego en el que está inmerso sale con la idea de que todo ha sido fingido, con sus muy honrosas excepciones. Pongamos por caso el de una obra con combate; es muy extraño toparse con un par de duelistas que se baten a muerte, más bien es un juego de choques de espadas casi premeditados y que en modo alguno muestran una exigencia por la defensa del pellejo. Entendemos que en escena se muestra una suerte de ficción unas veces más alejada otras, más cercana a la “realidad”; ciertamente el debate entre ficción y realidad en teatro es aún caluroso y no entraré en ese berenjenal.

Mi tema es: Una cosa es que nos relaten algo ficticio y otra que nos den atole con el dedo, y en ese sentido la única manera de evitarlo es que nuestros amigos escénicos acepten que un taxista debe verse como taxista y no como alguien que pretende ser taxista, un duelista se bate a muerte y no a pasar la escena o a cuidar el rostro “porque de eso vivo”. Sigamos con el caso, para cerrarlo; en la escena del duelo, puede que asista una persona que ni en los Juegos Olímpicos viera esgrima y todo esté bien, pero puede que entienda por algún motivo de algunos pases y entonces note que todo ha sido fingido, sale de la ficción y entonces el mensaje queda trunco: algo así como una película de cierto multinacional de caricaturas (que por cierto, cómo jode las tragedias hechas y derechas, para ejemplo la de Víctor Hugo). En el mismo caso, pongamos que no es ignorante pero tampoco entendido, sino que se ha peleado de menos en la calle y el resultado es similar: “Estos cabrones no se están dando como se debe” Y se pierde la atención.

Esto seguro deriva en qué entendemos por un producto bien hechecito, porque esto de vivir debiera ser más artesanal que en serie. Ciertamente la producción masiva tiene sus ventajas cuando de multitudes se trata, pero vida hay una y cada uno tiene la propia. En ese sentido viene la devaluación de cosas que se decían inmunes a esas triquiñuelas económicas. La cosa sencilla de hacerse un huevo en la mañana o recalentar los restos de la comida de ayer para desayunar, o bien de calentarse un carajo de café y despachar un bizcocho, ha devenido la terrible simplicidad de lo instantáneo. ¡Claro que eso apresura! Pero ¿acaso sabe igual que unas quesadillas a mano? Tal vez convenga revisar esos detalles.

Lo que quieran responder, cada uno en su cubil sabrá que no “da igual”.

Con la simplicidad viene la indiferencia. Pongamos aparte lo de los gustos y la ruptura de géneros a mi que no me digan que da igual un mezcaltico de a 10 que un galón comprado de manos oaxaqueñas.

Pero sigamos con la charla. Parece que estamos en la inercia de la indiferencia y entonces venimos con los extremos ya nada ficticios: ya no se valora ni se estima lo propio.

Podría citar a Cortázar o a Álex Grijelmo y su Defensa apasionada del idioma español, la cosa es que ya no sentimos lo propio como propio porque no somos capaces de diferenciar la sangre. No apreciamos y nos dejamos deslumbrar ¿recuerdan la cansada cantinela de los espejitos por oro?

No es que sea globalifóbico, es que si me voy a comprar unos jarritos de barro en definitiva prefiero los cocidos acá en México que las chinaderas, por baratas que sean. Y si estuviera en posibilidades de gestionar rescates, prefiero las alas de compatriotas que las ruedas de fierro españolas (conste que me fascina España, pero la patria es la patria).

Como ven, todo ello es cotidiano; si quieren cerrar con broche de oro, creo que prefiero cobrar en pesos que en euros, de menos para que el abarrotero no me miente la madre por unos chicles. Y ya en palabras mayores, creo que sentimos más decir ve chinga a tu madre que fok yu, ¿apoco no?

jueves, 5 de enero de 2012

Hierba mala nunca muere

Hay un océano de gente aletargada y no sé si alcanzaré el aire que parece inerte. De flor se disfraza el tigre, sus garras son el tiempo que atraviesa la carne, las ropas, las pieles, el alma; sus dientes, el presente que miro como quien mira el miedo en cada paso y no los pasos… no el camino, quien hurga, pero no entre la hierba sino en ella, sobre ella sin sombra. El presente me come, no miro el pasado que dejó su huella húmeda y perenne en mi carne. El futuro no es ese que parece que se cierne sobre mí, aunque le pongo ropa de dientes; por no mirar la muerte, digo que la tormenta es mañana cuando es el instante que me muerde.

Hierba mala nunca muere, dicen, pero envenena a los demás. Llenamos dos, tres, cuatro días de un bisiesto que acaba en dos, nubes en el cielo y un sabor más agrio que dulce en la muda de calendario. La sazón de cada invierno, ese que sabemos crudo y duro pero que pintamos de rojos ajenos, de cascabeles, que poco a poco el rojo propio de ciertas hojas se esfuma ante los cristales y los plásticos; tal vez quede poco para tener flores encarnadas y poner muérdagos en los dinteles.

Seguro estos días son de ataques continuos a las agendas, de gimnasios llenos, de recato en los gastos, de ceniceros limpios y destapadores desolados. Seguro resuena el sí se puede como un eco grotesco y distorsionado de los villancicos de hace un par de semanas, cuando una tradición que ha quedado como maniquí sirve de nuevo pretexto para mil cosas. Todo ahora es bondad… todo parece serlo.

Estoy cierto que no seré el único amague de realismo y precisamente los ánimos de publicar estos pensamientos se basan en que la fuerza del río reside en su caudal. Pero ¿para qué la reflexión? ¿Para qué aguar la fiesta? De todas formas son tiempos de campaña… lo que sea que signifique eso.

Sí, campaña parece incluir el no pensar como requisito. Parecemos clientela frecuente del mismo yerbero…  La verde para relajarse, para apendejarse y dejar que todo fluya, sin tocarlo, sin abrazarlo, sin besarlo; porque todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es quedar.
Pero esto del veinte doce no es sólo cuestión de estar atentos a los 10 últimos segundos –previo consenso– ni de verter el mismo vino en las mismas copas ni de cambiar menús o actividades o sitos. Porque no es cambiar de día, y aún cambiar de día no es baladí.

Tampoco quiero sumarme a toda la paranoia con fundamentos cuestionables y argumentos flojos que invade los oídos, ojos y bocas. Pero vamos, es cambio de año y año con cambios, como cada día.
Es año nuevo, recién nacido, y todo sigue igual. El cambio por el cambio, como ese  que vino con el 2000; ese acrítico que inflama los pechos y brama a todos los vientos cuán bueno es cambiar.

¿Cambiar?

Habría que revisar qué es eso.

“[…] el tiempo sólo marca los vagos rastros del camino de la muerte.” (Albert Camus)

sábado, 17 de diciembre de 2011

Diez pesos de peso

El espejo es el contrincante más duro pero ¿has peleado con tu sombra?

Se pone de moda la relflexión barata, esa común que se escucha por un pasaje mínimo o por diez pesos. Se pone de moda pensar en escaparates como opresores del tiempo, en cuentas pendientes, en signos de pesos contra razones de peso para hacer un obsequio.

De pronto, se pintan las sombras de la reflexión; esas que se desvanecen con tantos reflectores operativos, prácticos, políticamente correctos. Miro en la calle el espejo de las miradas que se apresuran de vitrina en vitrina, de anuncio en anuncio. Un hombre camina con una niña de la mano, él roza el medio siglo y ella la primera década. El dedo tiembla y confirma el deseo en sus ojos: ropa, juguetes, zapatos. El bolsillo del hombre denota nerviosismo.

Sí, una historia más de quiero pero no puedo. Puedo pero no debo. Debo, debo, debo, del verbo deber, del estar obligado a dar algo a alguien. Al otro. Algo que se ha recibido previamente bajo condición de devolución en cantidad y calidad.

En mi mente resuena una leve línea en boca de mi pareja: Todo tú eres un lugar común.


Sí, la calle es el reflejo de una mirada común; de un pozo negro tan vacío de imágenes, de imaginación, que debe llenarse con producción en serie. El tamaño del pozo depende del horario de servicio, en ocasiones hay venta nocturna. El pozo tiene fondo permeable. La sustancia se filtra, venenosa, a las venas y va llenando poco a poco, mientras hay sístole y diástole, el vacío.


Al final, para la gigantesca amplitud del todo lo demás, existe Master Card.


Mañana será otro día, habrá que leer tinta roja y matemáticas, recordar tantas malas palabras como conozcamos. Una sonrisa y la pregunta con el automático gracias, me encanta.


La felicidad tiene tamaño y se mide con plásticos y papel moneda. La morralla es para comprar las reflexiones y olvidarlas entre tanto disco sin rótulo, sin nombre. Nada.


¿Has peleado con tu sombra?


Con la sombra que engulle los pasos de tu senda. Con el vacío que vigila que sigas el mismo pavimento que te separa cada metro del barro que te arropa. Cuando venga algo a acusar el vacío en las venas, habrá que pagar por tierra.


Todo tú eres un lugar común.


No te conozco, pero ahí va este obsequio que no conozco, de no sé dónde y no sé de quién, para no sé qué, porque... No tengo tiempo de desear conocer.


Hay un vacío en las venas, en los huesos. El tuétano debe dar asco, porque seguro es feo; me lo han contado.


"... ¿cuánto cuesta un minuto de tu vida?.."


"Va calado, va garantizado. Ya que le contiene..."


No has peleado con tu sombra. No has peleado con tu espejo. No has sentido. Será que de tanto qué hacer con la esperanza de evitar el vacío, en el vacío se te perdió el tiempo.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Las hijas de Pirro

Valga poner esta reflexión en la red.

Hay batallas que se quieren librar, hay batallas que merecen llevarse hasta sus últimas consecuencias, hay las que no; hay unas que llevan pasaporte a la derrota. También hay batallas pírricas.

Es que hay que sostener eso que uno dice. La propia tesis, que sin las pompas de la academia y su burocracia es en cierto modo la comunión del deseo y el telar de razonamientos para, a través de la semiótica, contenerlos en el crisol de las palabras con todos los matices de nuestra vida. El caso es que no siempre comprendemos que esas tesis son más que ensayos.

Poco a poco las ideas se contienen en menos símbolos. Mi voz y mis palabras distan mucho de ser las de un filólogo o un letrista o un lingüísta, son las de un aficionado del idioma como muchos otros. Y como tal, en ocasiones me topo con la frustración de un trazo de olvido que hiere el horizonte: un ¿para qué? sin respuesta.

Entonces, la catarata inmediata de preguntas mancas de respuesta: ¿para quién? ¿para cuándo? ¿qué? ¿dónde? ¿por qué?

Cada vez contenemos más las ideas. Los símbolos se trocan por caracteres, quedan algunos reductos en los que perviven las diversas formas de "juntar palabras" y hacer que cobre un sentido o un sinsentido o varios. Hasta una combinación de ambos. ¡Pero son reductos! Mientras tanto se desvanece el mundo del argumento.

Poco a poco eso se ha desvanecido en una suerte de frontón con una misma idea viciada, manoseada, rebotada por mucho tiempo; tanto, que las manchas que ha ganado han eclipsado su color original. No hablaré de esencias, lo platónico a veces es nauseabundo. Pero las ideas han de trocarse de vez en cuando y para hacer es necesario mirarlas.

¿Acaso la repetición constante alcanza para mirar sus detalles? Creo que una apreciación debiera ser crítica... Pero parece ser que ese detalle del pensamiento inconforme, analítico y que cuestiona casi sin cansacio es algo que sobrevive a duras penas.

Siempre han habido ignorantes; el caso no es condenarlos. El caso es condenar la ignorancia por voluntad propia. A pesar del libre albedrío.

Mi hermana me comenta entre risas: "No hay peor ignorante que el ignorante con iniciativa"; puede que esa iniciativa lo vuelva idiota.

Es aquí donde entran las batallas. Son las ganas que desbordan el pecho por defender la reflexión sobre cómo se habla, cómo se escribe y qué se escribe, para quién. Es la reflexión de mirar dónde se pisa y por qué se pisa ahí; de qué es ese suelo que arropa nuestros pasos, que esos pasos son historias que nos contamos mientras las construimos. Que estos labios pueden conocer cosas y que ese acto de conocer no es un catálogo de sucesos, sino una antología de escenas.

La batalla contra la estupidez, como alguna vez dijo Quevedo en pluma de Pérez-Reverté (específicamente, Las aventuras del Capitán Alatriste). Seguro que merece la pena romperse la crisma por hacer que los humanitos piensen, esos que se sienten tan superiores que se inventan unciones de iconos a su imagen y semejanza (unciones que más bien parecen extremaunciones, pero ese es otro tema).

Ahora este galimatías es el habitáculo de las ideas replicadas hasta trasnocharlas. Y mientras, basta con que gusten; con decir, que se enmascara con el comentar. Basta y sobra con rebotar un par de horas, de pronto al siguiente día un recalentado de lo mismo y luego. El ostracismo.

Y no hablemos del corrector ortográfico que le meterían algunos a su lengua si es que existieran para tal efecto. Es evitar pensar, porque dicen que pensar es malo. Es rehuir a reflexionar el qué jodidos se está diciendo, porque tal vez uno descubra al monstruo que habita dentro de nosotros y que lucha por salir a gritar y desgarrar.

No discutan, vale con que la cotidianeidad parezca esa anécdota del mundo pequeño; esa estásis que Huxley retrató. Total, el índice de analfabetismo contempla al que no está avisado de la versión escrita de su idioma; cuando más bien deberían prender alarmas por la cantidad sobrecojedora de ignorantes con tendencias a la idiotez.

Parece ser que hay cierta alergia a la reflexión. A la sana reflexión. Y quien renuncie a esa moda, que de una vez se prepare; puede que dentro de poco deba desmentirse y resignarse a la corriente o sostenerse y seguir batallando.

Batallas que merecen llevarse, que a veces parecen batidas en retirada y que cada final del día nos llevan a pensar: Gané... El derecho a decir que gané.