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martes, 13 de marzo de 2012

Pantalla

Tu rostro entra, sonriente y sereno,
mis pupilas buscan saciarse,
mis nervios se erizan y punzan
¡el músculo tiembla en la mejilla!


Mis labios se enchuecan,
la sonrisa tímida e imperfecta:
contrastamos, contrastamos
cuando estamos tan indirectos,
cuando nos miramos sin mirarnos.


¡Sí! Es el sol lejano en tu mirada,
es la lluvia que mojó tus huellas,
es nieve, es frío, es noche, es letras,
es pantallas suspensivas, encendidas,
y cuando incendias mi memoria:
las manecillas han cerrado tus pestañas
y tus yemas ya no hablan.


Sueña, las flores ya te acechan,
la frescura cae del cielo hasta tu casa.
Yo recuerdo, yo entrecierro tu memoria,
yo sonrío, timidez ya baila en el deseo tan tierno
y en las nieblas de distancias, aguarda.

domingo, 26 de febrero de 2012

El arado

El sueño se desvanece en un sitio extraño, pequeño, asfixiante. Había duela con un boquete, parecía fosa por momentos. En el boquete, un perro golpeado y mordisqueado; ese mismo tornaba en cuervo. El cuervo apenas podía mover sus alas antes de chocar sus plumas con las paredes con el tapiz desprendiéndose de otro tapiz, que a su vez mostraba huecos que delataban otro tapiz. Extraño, el cuervo sudaba. Una gota cae en la duela, escurre por las junturas de las tablas y va dejando su rastro por las astillas que se asoman desde el suelo desnudo. La gota de sudor llega a los dedos de mis pies. Siento frío.

Las cobijas se han deslizado. Abro los ojos, apenas miro la luz artificial, mortecina y filtrada entre las cortinas azules. Mi zurda busca el móvil, presiono el botón rojo y miro que me restan dos horas de descanso o de sueño. Espero el sueño, mis dedos se aferran a las cobijas con la poca fuerza que tienen; mis pestañas se abrazan.

Una pared al frente, una pared sepia con ríos negros excavados suave y constantemente por el tiempo. Recargo mi palma derecha, un par de piedrecitas ruedan hasta el suelo; mis ojos las siguen apenas. La luz es casi nula, suficiente para adivinar las cosas por las sombras y los colores por los reflejos tímidos en las superficies. Abajo, el suelo es concreto frío y seguramente gris; mis pies descalzos sienten las piedrecitas que chocan, sienten frío y la superficie levemente terrosa. Huelo humedad y demasiados años sin luz en la mayor parte de los sitios.

Camino, apenas tres pasos a la izquierda y otra pared; regreso: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... ocho pasos. Pared. A la derecha y luego de nuevo, derecha. Un cuarto rectangular, ocho por cuatro. Estiro mis manos y no alcanzan el techo; me pongo de puntas, ahora sí mis uñas apenas me ayudan a adivinar el techo. Vuelvo a mi sitio y coloco ambas palmas en la pared ¿qué habrá además de vejez? Por mis yemas pasan vibraciones e instantes después las escucho en mi cabeza y siento taquicardia ¡Secretos que se escuchan con los dedos!

Mis manos transitan por la pared, los ríos me cuentan de fluidos en la piel, en las paredes que escuchan las discusiones en las entrañas, en los ropajes de carne que hierve. Luego, hay sangre en los labios, sangre ajena; sangre en los dientes, sangre propia manando de la encía y un puño ajeno que busca hundirse en las mejillas con una vehemencia y recurrencia tales que pudiera olvidarse de su piel luego de tener tanto la mía. Luego, saliva; hay saliva por todos lados, en el pecho con rastros menudos y muy suaves, en el rostro con fuerza y la viscosidad del desprecio, en la comisura como huella del sueño. Luego, ojos; agua y ojos.

Mi anula encuentra una hendidura en la pared, hecha hace tiempo pero no por el tiempo aunque sí a causa de él. Una marca hecha con navaja o con uña o con piedra, pero una marca. Exploro y encuentro más, formadas en pelotones, cinco pelotones seguidos de otros cinco y otros cinco hasta formar cinco hileras de cinco. Veinticinco marcas.

Cada marca gime, canta, grita. Una es combate, otra es pasión, otra llanto, culpa, miedo, desesperación. Una es el aire que pasa raudo entre alquitrán, filtro y labio de ida, luego entre lengua y labios de regreso; esa ranura tiembla y grita que necesita de su piel.

¡Cada año tiene la piel del que los marcó! Eran de uña, duelen mis dedos, arden, siento hilos calientes por las yemas, las falanges, las muñecas, el antebrazo, el codo y luego... ¡Plack! ¡Plack! ¡Plack!

Tiemblan mis dedos. Toco las marcas y gritan que quieren su piel.

Un ladrido, un chillido y un aullido. Escucho un trote de patas y un jadear tan particular que al voltear sonrío, un perro negro; casi un lobo joven. Él se lanza contra mí con su lengua de fuera y al tocarme, se abre el esternón y mis carnes; los pulmones se rompen y suenan gritos estertóreos.

¡Miro mi corazón!

En un disco platinado, miro mi corazón. Se abre y crece, se trenza y crece, crece, crece hacia el rastro del perro que ya no está. Su rastro es polvo amarillento apenas perceptible por lo denso del aire. Mi corazón ha alcanzado esa nube de polvo, se rompe como una vara con navajas de obsidiana clavadas en sus costados, cada una torna amarilla. Flor de maguey.

Siento un cosquilleo, miro entre las flores un colibrí que vuela y bebe de cada una.

Entre las ranuras, una crece y engulle la totalidad del cosmos que habitaba en la celda, escucho un grito de mujer. Despierto, con la zurda busco el móvil y miro que restan diez minutos de sueño.

Duermo.

martes, 14 de febrero de 2012

En invierno, blancos


Iztaccíhuatl


Duerme, en silencio, en estera cálida, fértil;
sueña con nubes, agua en la garganta del cielo.

¡Canta!

Y al lado, espero, sentado.
Mis manos en las rodillas, descansan;
mis pies, tiemblan, buscan entre tus faldas.

Hay hojas, hay plumas, hay tierra;
la ceniza se mezcla, como huella del humo
por donde la flor y el canto escalaran.

El blanco de la luna se ha vertido,
antes del sol y su fuego;
la mujer que dormita se cubre de mantas blancas.


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Iztacxóchitl


En la tierra seca, donde queda el polvo del tiempo, crece el maguey con sus manos al cielo. Florece.



El sol vigila el suelo seco,
hubo nubes como manta de algodón
y dejaron escurrir, el cántaro se vació;
hubo colibrí entre hojas verdes.

¡La falda de serpientes!

Canta el viento, canta bajo el cielo;
el polvo danza, danza el tiempo.
Mis ojos miran la frontera de los sueños.

El maguey se yergue, flor del deseo;
aguamiel en sus entrañas,
el sol ante las manos, la lengua,
los labios que sacian la sed del corazón.

Lluvia, viento; el tiempo es barro,
la piel recibe, de día, los rayos cálidos:
el cuerpo es horno.

Flor blanca que mana donde hubo sol.


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Iztacpopoca


Tu nombre a hurtadillas, madrugada fría;
oro antaño, pasajero de hojas secas.

¡En un charco, la medusa de estrellas!

Las nubes son tamiz, el polvo baja
y, como el aire en biblioteca,
la mirada lo remueve. Sonrisa de piedra.

Un ave disecada, su ataúd con etiquetas;
en la morgue seca están las alas
¿y las plumas que volaban?
se han hundido hace tanto
con las huellas del pirata.

Mis párpados cerrados, pestañas de espuma;
debajo hay arrecifes sin olas,
esas bajarán en mejillas de mangle
cuando el alba llegue, libre y dorada.





domingo, 12 de febrero de 2012

La maldición de Zeus

Un hombre enfrente, de sangre y carne en el cuerpo. Luego, musculoso, descalzo, cabello rizado y blanco; barba abundante, mirada monárquica. Sentado en un trono, bastón en mano y alguna prenda cubriendo del ombligo hasta las rodillas. Todo marmóleo, gris con vetas blancas y nubes tatuadas. Nubes que, parece, nunca fueron tales; pero son semejantes.

De pronto, el pupitre con los rayones de este semestre y de los anteriores. De madera o de plástico, es lo mismo: un nuevo adepto se sentará ahí a poner todo su ser en la recepción del fuego sagrado. Un alumno, un sin luz. Y al frente, el pebetero por derecho divino. El gran dios del rayo y la tormenta; el águila emblemática de un cielo que todo lo mira y todo lo examina y que es inalcanzable.

Volvemos. A lo lejos, una estrella parece hablar en morse: Mnemósine. Algún día habría cuchillo bajo las ropas y entre las piernas, autoras de los pasos que no se dan por no separarse del trono o que no se volverán a dar. Nadie lo sabe, la mirada del monarca es insondable.

Pero ¿quién le ha puesto guirnaldas entre los rizos?

Las manos se posan en las páginas blancas, reacias a los tatuajes de un bolígrafo mordisqueado, olvidado, recuperado, prestado, nuevo o usado. Las pupilas se abren como platos, su profundidad se esconde en algún lado; las palabras de Zeus llegan como manjares sazonados con historias que seguro nacieron en la misma realidad que cualquier mortal; pero nada más llegar devienen ficción, las pestañas se tornan guirnalda y vuelan, palomas, a posarse en los rizos estrenados por ese nuevo modelo de Fidias.

El tiempo dijo que en su momento, habría navaja bajo las ropas del recolector de nubes. ¿Dónde quedó su cosecha? Tal vez pétrea en el mármol de su trono; tal vez fábrica de la vajilla que se le planta al frente, lista para recibir el banquete. Pero el alimento es de mostrador, nadie se nutre. Los oídos resguardan algo que de ser luz deviene humo y luego holograma de un vaso que debe llenarse con lo que se vierta de entre los labios del adepto.

¿Qué sucede entonces? Los dioses no son dioses sino hasta que existan creyentes.

No es Zeus quien petrifica el cielo, son las manos que acarician su piel las que lo hacen omnisciente.

Pero el tiempo se quedó pasmado cuando las pupilas dejaron de ser cenotes donde hay diálogo, donde el viento entra y acaricia el agua, la hace trémula y tal vez la preña. El tiempo y su daga son objeto del olvido, son mudos sin nombre, sin tierra. Mientras tanto, el parto de la lengua hace que las rodillas besen ese sendero que alguna vez tocaron las plantas del Zeus renovado, posmoderno; la piel se vierte en el vaso de las palabras como nubes recién recolectadas, se buscan llenar los moldes de tantas estatuillas, escapularios, pinturas, jarrones, bajorrelieves. Teatros que no dialogan, que presentan y no representan, que imitan, que no son artífices sino artificios en serie por voluntad propia. Todos forman un castillo de naipes que cae ¿y la identidad? En algún giro del viento volará.

Un mortal endiosado y sus palabras trocadas por hilos que se atan concienzudamente en cada poro. No se puede respirar sin autorización. Los dioses son eternos en los ojos de espejuelo, son de carne y hueso bajo el filo del tiempo.

¿Y qué pasó con la hoz y su testamento?

miércoles, 8 de febrero de 2012

Penélope

Tengo un ojo que se arrastra por la piel,
quiere conocer el sabor de mis pasos
y en el camino deja huellas coaguladas
en silencio y sin sombras, sin palabras
proyectadas en la ropa que se mancha
por dentro, mis escamas de oropel.


Tengo carne que se sueña en calenturas
con presidios de otras manos, no las propias,
de otros labios, no la lluvia de nube fría y dura
no las gotas que la lavan de ese tiempo de dormir,
huérfano de bulto entre almohada y manta,
entre los ácaros que me cansé de oír.


En mis calles, el sonido como un eco
y la cabeza que no mira el horizonte
sino espera, espera, espera.
En las manos no hay cabellos,
hilo. Rueca.

martes, 7 de febrero de 2012

Huidiza noche

El bosque en mis ojos. Su reflejo recorta mis pupilas, ávidas de verdes y marrones; parece noche. Fuera, el cenit recubre las copas de pinos, oyameles, ayacahuites, las superficies irregulares de rocas, musgos, líquenes. El tacto va leyendo eso que tienen que decir, el aire atrapado y el agua, la danza del tiempo. Y mil rayos en mi piel se van quedando, en cada surco dactilar, en la frontera yema y uña, con gotitas que me toman por asalto cuando rompo su calma entre los granos, entre las hojas.

Me siento en una roca; frente a mi, los montes y las nubes que pasan bajo el sol. En mis pupilas sigue siendo bosque y noche. Mis palmas se plantan en el suelo frío y húmedo, los dedos exploran y donde hubo gotas ahora hay una mezcla de fragmentos minúsculos de plantas que van integrándose con el tiempo y el suelo en cada horizonte. ¡Cuántos soles se recostaron en donde ahora beben mis manos! Los poros se abren.

Cuando salen, noche. Las estrellas se escondieron, en la tez tan pálida se quedan huellas de lo ha sido el horizonte; parecen nubes negras. Lluvia de hojas pulverizadas, raíces deshechas, historias de las patas que han pisado bajo los árboles, de polen. En las uñas se quedó la historia y más tarde, en el papel, se cayeron granos negros sobre la tinta. En mis ojos se escurrieron las imágenes de día cuando huyó de mis manos eso que tuvo estrellas y agua, que pudo entrarme por la boca y ha salido por la voz y su lenguaje. La tierra que cubre la piel bajo la vida, bajo el calor y el aire y el agua. El barro donde se vierte eso que fluye en las fronteras de la luz, huyó la noche.

sábado, 4 de febrero de 2012

Camino

En las manos, las espinas de los nidos
que dejé cocerse bajo el sol muerto de frío;
en pestañas, los estratos y los cirros
fueron volutas en los labios y se fueron.

En mis uñas brilla el negro de obsidiana,
es mejor tallar la carne que pintar papel,
que quemar el suelo o los espinos.

Hoy mis pasos encontraron un sendero,
la mitad de carne húmeda,
la mitad de hierro frío;
en el rojo hubo sangre y calores, hubo barro,
en el otro sólo su frío.
En mis plantas se quedaron huellas;
en la izquierda tierra con los gritos del nacido,
la derecha se perdía entre la piel y sus berridos.

Vi un espejo, me decía que pintura,
que agujas y que el tiempo se ha vencido;
vi mis palmas y gemían por la muerte
que no acecha, que no espera,
que me abraza mientras vivo.

domingo, 22 de enero de 2012

Al terminar

En el aire flotan plumas sin nombre,
mis manos estrechan el istmo
entre mar del alba y mar de luna.

Antes de terminar, hay blanco.

Casi hueso en el papel,
en las uñas que lo rasgan,
que contigo son breve corsé.

Cuando escucho el viento entre tus labios, furtivo;
cuando miro mis ojos, mis venas, mis carnes,
cuando soy cautivo en el barro
que en tus entrañas has cocido.

Antes de terminar el día, la noche,
la tierra, la piel que nos habita.

Antes del punto y seguido, y del final,
la palabra que esconde su humedad.

Antes de encallar en el corazón de la selva,
la hoja corta el sueño con la lengua que la pinta.

Al final, amanecer y un cuento por rasgar bajo la piel.

domingo, 8 de enero de 2012

Tochtlán

Cuando fuimos espejo del cielo.

Mis ojos se inundan con tierra. Parece que voy muriendo con cada tramo. Me contaron una vez que, al morir, uno inicia un viaje; creo que debe ser así. Un viaje con mil máscaras de conejo… A la madriguera primordial pero que no es la misma que la primera.

No siento mi piel, no siento mis pasos; no siento mis pasos; no siento lo que sentía. Antes, un terrible peso sobre los hombros; una tensión muy fuerte en el cuello, exactamente ahí donde pasa la espina, como si tuviera cables gruesos y rígidos, fríos, que sostuvieran mi cabeza en su sitio. Antes, la mirada vigilaba los pasos y el rostro atestiguaba el sitio donde descansaría la sombra algunos instantes después. Mal, aterrado; pero estaba.

No siento todo eso que sentía. El venenoso maremoto en mi garganta que buscaba desahogar; su ponzoña jamás haría daño al dueño y origen de su furia, me haría daño sólo a mi. El veneno ya no se siente en las burbujas, pero el temblor de las olas sigue presente. En la garganta y con la lengua como playa, la marejada se deja sentir en los albores de las entrañas.

Caminé a esa tierra que mata. Arenas, tiempo, aire, agua. Todo se combina tras mis labios, tras mis ojos. Me asfixio con el aroma, un vago recuerdo al aire que atraviesa las hojas y las ramas. La cama de mis manos que yacen muertas, pero una extraña ventisca las jala y las empuja, las jala y las empuja, las jala y las empuja. Suaves, pobres, lloran sus migajas. Los granos se remueven bajo esa hojarasca y en mis ojos tiembla el agua.

¿Será el temblor por mis manos? ¿Será por la tierra desnuda? ¿Será que buscan o que reciben? ¡El temblor tímido de una gota en el alféizar! Un derrame que mira el aparente vacío y la ruta hasta la tierra donde, en una suerte de epilepsia fugaz, se romperá. El cristal con un golpe recibido.

En mis pestañas se quedan recuerdos de esa tierra y se hacen fango. Barro claro donde quise verterme, cálido; donde quiso habitar mi maremoto, sin veneno, donde pudo temblar y hervir hasta quedar calmo y exhausto.

Entre mis dedos, que son nervaduras de hojas entre las raíces, los cabellos con que se entrama la noche. Hilos de noche con sueños que se resbalan como amagos de sudor que en horas será el sereno que se ausenta del mar que escurre en mi litoral. Entre mis dedos, el telar; tu telar que atraviesa mis ojos, mis hojas, mis esponjas en el coral. De ellas sólo quedan los trazos etéreos. Los paños ocres, antes verdes, quedaron como barniz de tus tierras de arena.

Mis pupilas te recorren, las dunas se tiñen de rojo con el ocaso y luego de sepia, y luego de negro. Las huellas del sol en su espejo nocturno van a saltos y carreras por sus madrigueras. Bajo tus brazos el barro negro del Mictlán ¡entre tus piernas!

Sobre tus dedos, el barro claro de Paquimé con olor a otra aridez, a otros desiertos. En tus palmas, los lechos que claman y braman por ser vertederos; en tus plantas, las arenas que escurren por las montañas volcanes. Tierra.

Tengo dos pozos, hambrientos, vestidos de suelo de selva; con ellos voy pintando tu resto. Suelo cálido, oscuro, húmedo, jadeante. ¡Se mueven tus terrenos! Un conejo que va por los matorrales incipientes en mi pecho y luego a mis piernas, al pastizal denso. Te pinto de selva, del suelo húmedo, apretado y delgado. Y luego, coneja que nació cerca del río que cuidaba un sabino, despierto.

Tierra. Ahí estará para ser lecho del recuerdo, cuando tus pasos y los míos trotaron cara al sol y fueron las únicas plantas en los sueños del desierto.