Me caí entre mis huesos,
esta carne es hojarasca;
fue tus sábanas, fue tus sueños.
Fue legajos e imprimía tanta sangre
y la saliva con el canto de mis besos.
¡Te gemía en las orejas!
Las ojeras se cansaron.
En los dientes sólo quedan
las huellitas de tus labios,
hojuelitas en la piel
de los ojos que lloraron.
¡Ya se rompen ambos pies!
Y no quiero seguir andando,
en el cáncer de mi piel
tus caricias se quedaron.
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jueves, 14 de junio de 2012
lunes, 28 de mayo de 2012
A mis años
Carta abierta a mis años
Mis queridas y queridos,
Escribo esto desde el alma, como cada que escribo acá. La vida tiene un ritmo difícil de seguir, el tiempo sigue su curso y no me es posible detenerme más de lo suficiente para decidir dar un paso después de otro. Confieso que la tibieza no es una característica que me agrade, aunque por mucho tiempo, más del que quise, la abracé como una manera de llevar-la-fiesta-en-paz.
Quiero decirles, a quienes gustaron de leerme, que soy un hombre de garantías y que quiero hacer mía la madurez a la que me han llevado con todas esas veces que tocaron mi vida. Quiero dejar claro que mis decisiones tienen consecuencias y que no me haré irresponsable de ellas, a pesar de que en ocasiones duela mirar el trecho andado y las lágrimas amaguen con convencerme de dar traspiés hacia atrás: No los daré.
También soy melancólico y nostálgico en más de una ocasión por día; gusto de mirar mis huellas y reflexionar, en ocasiones más de la cuenta, sobre su profundidad y su color (¡cómo me cuesta discernir entre matices!). Por ello quiero ser certero en cuanto quién, cuándo, cómo y más aún: Por qué.
No pido paciencia ni oportunidad, pido lectura y pregunta: diálogo.
Miro el día a día y pienso que en el discurso pocas veces se siente veracidad, convicción, decisión. En ese sentido, amo a quien siento cierto de sus sentires, a quien siento decidido en su entrega. Me da rabia el cuentagotas cuando de la vida se trata, morir de a poco por el miedo disfrazado de voluntad y coquetería. En mi opinión, hay maneras de hacer las cosas: Los amagues son divertidos y sabrosos, pero no cuando es titubeo (aunque es claramente comprensible, no es justificable joder externos por el propio miedo).
Lamento profundamente si herí en mi necedad, no tengo argumento para soslayar esa estupidez; si creen necesario conocer mis razones, estoy gustoso de dialogar al respecto y aclarar lo que intenté aclarar en esta misiva.
Javier
domingo, 6 de mayo de 2012
Madre
Mis ojos vuelan y se posan en ese vientre,
donde el aire vino a mi garganta,
ahí donde toqué piel adentro, tierra adentro.
En tus manos se hace barro
y dentro de él hay mole, hay chiles, hay agua.
En mis dedos, el maíz y la salsa,
en mi lengua, las palabras
y en mis pies, el deseo de volver a la cuna.
El suelo donde nací, el que me arropa,
donde germina el maguey que florea;
sonrisa que rompe el cielo y su ropa,
sus nubes, sus vuelos, sus momentos
cuando sólo un instante el coyote llora.
donde el aire vino a mi garganta,
ahí donde toqué piel adentro, tierra adentro.
En tus manos se hace barro
y dentro de él hay mole, hay chiles, hay agua.
En mis dedos, el maíz y la salsa,
en mi lengua, las palabras
y en mis pies, el deseo de volver a la cuna.
El suelo donde nací, el que me arropa,
donde germina el maguey que florea;
sonrisa que rompe el cielo y su ropa,
sus nubes, sus vuelos, sus momentos
cuando sólo un instante el coyote llora.
jueves, 19 de abril de 2012
Meyolotl
¿Quién se mete en la carne?
¿Quién bucea en la saliva y sus palabras?
En la sangre, en el gastro, en la bilis;
¿quién conoce las cavernas pulmonares?
¡Se gangrena, se gangrena!
Esta yema se me muere con las huellas que perdió.
En los iris hay un hueco,
¿quién se acuesta en él sin mirar dentro?
¡La garganta se me inflama!
¿Quién soy yo, qué es la estera bajo mis plantas?
Un suspiro y sólo eso nos mantiene,
en el pecho tengo brasas.
Un corazón de maguey que se desgrana.
¿Qué será del aguamiel que escurre?
¿Llenará acaso tu garganta?
¿Quién bucea en la saliva y sus palabras?
En la sangre, en el gastro, en la bilis;
¿quién conoce las cavernas pulmonares?
¡Se gangrena, se gangrena!
Esta yema se me muere con las huellas que perdió.
En los iris hay un hueco,
¿quién se acuesta en él sin mirar dentro?
¡La garganta se me inflama!
¿Quién soy yo, qué es la estera bajo mis plantas?
Un suspiro y sólo eso nos mantiene,
en el pecho tengo brasas.
Un corazón de maguey que se desgrana.
¿Qué será del aguamiel que escurre?
¿Llenará acaso tu garganta?
miércoles, 11 de abril de 2012
Punto
Podría ponerte un par de notas
pero es vano usar papel,
es inútil compararlo con un claustro
donde habites, donde sueñes.
Podría y no puedo, y no quiero.
Busco tu boca, tu nariz,
tu puerta, tu ombligo, tu matriz.
Busco los dientes con que como
por la piel, que se deslicen
por mis brazos, por mis piernas.
Tengo una noria, te toco;
tengo unas gotas libres de antojos,
libres de sales, de vienes,
de horas, de segundos.
Toco tu lengua con la pluma,
al norte navega, a tus escollos;
al sur se descuelga, a tu
ombligo,
a tu boca, monte extraño.
Toco las hojas, las uñas,
ellas hablan historias de polvo;
mi espina dibuja los mares,
los ríos sin otoños.
¿Ves?
No es necesario.
La luz decide olvidarnos,
las notas inútiles suenan.
Toco tus ojos, los desgarro.
Derramo.
Punto.
Este, en especial, fue el poema que me granjeó entrar a Octavos de Final en el Torneo de Poesía 2011 y es uno de mis favoritos. Además, fue el primero que declamé ante público y en esa ocasión me llevé un buen aplauso.
domingo, 8 de abril de 2012
Deení
Del oscuro fondo de la noche nace luna con sus besos
en las pencas que se quedan, asoleadas, en el monte;
terroso monte, espinoso monte, nocturno monte.
Las espinas de la opuntia con estrellas reflejadas,
qué difícil es mirarlas sin sereno a media noche.
¡No son nubes!
Son mezquites los que guardan tanto cielo
entre las ramas de hojas que camuflan golondrinas,
oscuro vuelo, oscuro seno.
En los ojos brilla el barro entre las manos,
tan cansadas, tan quebradas, tan añejas;
azadón y hoces, el mecate entre los dedos
que en el cuello del borrico hace las cruces.
En los labios hay un blanco que no es leche,
hay un blanco que no es luces.
Polvo, polvo y rocas rotas en el valle,
pero no se huele podredumbre;
allá en el puerto se miraban ambas cuencas,
por un lado los riachuelos y las casas sueltas,
por el otro milpas, milpas y un río grande,
un poblado más maduro, más grandote.
En el medio, cerros azules.
Si amanece en primavera, hay un sol anaranjado,
hay un sol que se hace miles en nopales,
en la tierra hay escamoles,
pasa el tiempo y se guardaron las estrellas
¡se comieron cada una y ahora son negras!
Entre espinas y entre polvos,
el nopal con lunas que se cubren de verde tierra.
Y me dice, voz cansada: Sosteniendo con dos és,
eso es flor en otomí.
en las pencas que se quedan, asoleadas, en el monte;
terroso monte, espinoso monte, nocturno monte.
Las espinas de la opuntia con estrellas reflejadas,
qué difícil es mirarlas sin sereno a media noche.
¡No son nubes!
Son mezquites los que guardan tanto cielo
entre las ramas de hojas que camuflan golondrinas,
oscuro vuelo, oscuro seno.En los ojos brilla el barro entre las manos,
tan cansadas, tan quebradas, tan añejas;
azadón y hoces, el mecate entre los dedos
que en el cuello del borrico hace las cruces.
En los labios hay un blanco que no es leche,
hay un blanco que no es luces.
Polvo, polvo y rocas rotas en el valle,
pero no se huele podredumbre;
allá en el puerto se miraban ambas cuencas,
por un lado los riachuelos y las casas sueltas,
por el otro milpas, milpas y un río grande,
un poblado más maduro, más grandote.
En el medio, cerros azules.
Si amanece en primavera, hay un sol anaranjado,
hay un sol que se hace miles en nopales,
en la tierra hay escamoles,
pasa el tiempo y se guardaron las estrellas
¡se comieron cada una y ahora son negras!
Entre espinas y entre polvos,
el nopal con lunas que se cubren de verde tierra.
Y me dice, voz cansada: Sosteniendo con dos és,
eso es flor en otomí.
martes, 7 de febrero de 2012
Huidiza noche
El bosque en mis ojos. Su reflejo recorta mis pupilas, ávidas de verdes y marrones; parece noche. Fuera, el cenit recubre las copas de pinos, oyameles, ayacahuites, las superficies irregulares de rocas, musgos, líquenes. El tacto va leyendo eso que tienen que decir, el aire atrapado y el agua, la danza del tiempo. Y mil rayos en mi piel se van quedando, en cada surco dactilar, en la frontera yema y uña, con gotitas que me toman por asalto cuando rompo su calma entre los granos, entre las hojas.
Me siento en una roca; frente a mi, los montes y las nubes que pasan bajo el sol. En mis pupilas sigue siendo bosque y noche. Mis palmas se plantan en el suelo frío y húmedo, los dedos exploran y donde hubo gotas ahora hay una mezcla de fragmentos minúsculos de plantas que van integrándose con el tiempo y el suelo en cada horizonte. ¡Cuántos soles se recostaron en donde ahora beben mis manos! Los poros se abren.
Cuando salen, noche. Las estrellas se escondieron, en la tez tan pálida se quedan huellas de lo ha sido el horizonte; parecen nubes negras. Lluvia de hojas pulverizadas, raíces deshechas, historias de las patas que han pisado bajo los árboles, de polen. En las uñas se quedó la historia y más tarde, en el papel, se cayeron granos negros sobre la tinta. En mis ojos se escurrieron las imágenes de día cuando huyó de mis manos eso que tuvo estrellas y agua, que pudo entrarme por la boca y ha salido por la voz y su lenguaje. La tierra que cubre la piel bajo la vida, bajo el calor y el aire y el agua. El barro donde se vierte eso que fluye en las fronteras de la luz, huyó la noche.
Me siento en una roca; frente a mi, los montes y las nubes que pasan bajo el sol. En mis pupilas sigue siendo bosque y noche. Mis palmas se plantan en el suelo frío y húmedo, los dedos exploran y donde hubo gotas ahora hay una mezcla de fragmentos minúsculos de plantas que van integrándose con el tiempo y el suelo en cada horizonte. ¡Cuántos soles se recostaron en donde ahora beben mis manos! Los poros se abren.
Cuando salen, noche. Las estrellas se escondieron, en la tez tan pálida se quedan huellas de lo ha sido el horizonte; parecen nubes negras. Lluvia de hojas pulverizadas, raíces deshechas, historias de las patas que han pisado bajo los árboles, de polen. En las uñas se quedó la historia y más tarde, en el papel, se cayeron granos negros sobre la tinta. En mis ojos se escurrieron las imágenes de día cuando huyó de mis manos eso que tuvo estrellas y agua, que pudo entrarme por la boca y ha salido por la voz y su lenguaje. La tierra que cubre la piel bajo la vida, bajo el calor y el aire y el agua. El barro donde se vierte eso que fluye en las fronteras de la luz, huyó la noche.
sábado, 4 de febrero de 2012
Camino
En las manos, las espinas de los nidos
que dejé cocerse bajo el sol muerto de frío;
en pestañas, los estratos y los cirros
fueron volutas en los labios y se fueron.
En mis uñas brilla el negro de obsidiana,
es mejor tallar la carne que pintar papel,
que quemar el suelo o los espinos.
Hoy mis pasos encontraron un sendero,
la mitad de carne húmeda,
la mitad de hierro frío;
en el rojo hubo sangre y calores, hubo barro,
en el otro sólo su frío.
En mis plantas se quedaron huellas;
en la izquierda tierra con los gritos del nacido,
la derecha se perdía entre la piel y sus berridos.
Vi un espejo, me decía que pintura,
que agujas y que el tiempo se ha vencido;
vi mis palmas y gemían por la muerte
que no acecha, que no espera,
que me abraza mientras vivo.
domingo, 22 de enero de 2012
Al terminar
En el aire flotan plumas sin nombre,
mis manos estrechan el istmo
entre mar del alba y mar de luna.
Antes de terminar, hay blanco.
Casi hueso en el papel,
en las uñas que lo rasgan,
que contigo son breve corsé.
Cuando escucho el viento entre tus labios, furtivo;
cuando miro mis ojos, mis venas, mis carnes,
cuando soy cautivo en el barro
que en tus entrañas has cocido.
Antes de terminar el día, la noche,
la tierra, la piel que nos habita.
Antes del punto y seguido, y del final,
la palabra que esconde su humedad.
Antes de encallar en el corazón de la selva,
la hoja corta el sueño con la lengua que la pinta.
Al final, amanecer y un cuento por rasgar bajo la piel.
mis manos estrechan el istmo
entre mar del alba y mar de luna.
Antes de terminar, hay blanco.
Casi hueso en el papel,
en las uñas que lo rasgan,
que contigo son breve corsé.
Cuando escucho el viento entre tus labios, furtivo;
cuando miro mis ojos, mis venas, mis carnes,
cuando soy cautivo en el barro
que en tus entrañas has cocido.
Antes de terminar el día, la noche,
la tierra, la piel que nos habita.
Antes del punto y seguido, y del final,
la palabra que esconde su humedad.
Antes de encallar en el corazón de la selva,
la hoja corta el sueño con la lengua que la pinta.
Al final, amanecer y un cuento por rasgar bajo la piel.
domingo, 8 de enero de 2012
Tochtlán
Cuando fuimos espejo del cielo.
Mis ojos se inundan con tierra. Parece que voy muriendo con cada tramo. Me contaron una vez que, al morir, uno inicia un viaje; creo que debe ser así. Un viaje con mil máscaras de conejo… A la madriguera primordial pero que no es la misma que la primera.
No siento mi piel, no siento mis pasos; no siento mis pasos; no siento lo que sentía. Antes, un terrible peso sobre los hombros; una tensión muy fuerte en el cuello, exactamente ahí donde pasa la espina, como si tuviera cables gruesos y rígidos, fríos, que sostuvieran mi cabeza en su sitio. Antes, la mirada vigilaba los pasos y el rostro atestiguaba el sitio donde descansaría la sombra algunos instantes después. Mal, aterrado; pero estaba.
No siento todo eso que sentía. El venenoso maremoto en mi garganta que buscaba desahogar; su ponzoña jamás haría daño al dueño y origen de su furia, me haría daño sólo a mi. El veneno ya no se siente en las burbujas, pero el temblor de las olas sigue presente. En la garganta y con la lengua como playa, la marejada se deja sentir en los albores de las entrañas.
Caminé a esa tierra que mata. Arenas, tiempo, aire, agua. Todo se combina tras mis labios, tras mis ojos. Me asfixio con el aroma, un vago recuerdo al aire que atraviesa las hojas y las ramas. La cama de mis manos que yacen muertas, pero una extraña ventisca las jala y las empuja, las jala y las empuja, las jala y las empuja. Suaves, pobres, lloran sus migajas. Los granos se remueven bajo esa hojarasca y en mis ojos tiembla el agua.
¿Será el temblor por mis manos? ¿Será por la tierra desnuda? ¿Será que buscan o que reciben? ¡El temblor tímido de una gota en el alféizar! Un derrame que mira el aparente vacío y la ruta hasta la tierra donde, en una suerte de epilepsia fugaz, se romperá. El cristal con un golpe recibido.
En mis pestañas se quedan recuerdos de esa tierra y se hacen fango. Barro claro donde quise verterme, cálido; donde quiso habitar mi maremoto, sin veneno, donde pudo temblar y hervir hasta quedar calmo y exhausto.
Entre mis dedos, que son nervaduras de hojas entre las raíces, los cabellos con que se entrama la noche. Hilos de noche con sueños que se resbalan como amagos de sudor que en horas será el sereno que se ausenta del mar que escurre en mi litoral. Entre mis dedos, el telar; tu telar que atraviesa mis ojos, mis hojas, mis esponjas en el coral. De ellas sólo quedan los trazos etéreos. Los paños ocres, antes verdes, quedaron como barniz de tus tierras de arena.
Mis pupilas te recorren, las dunas se tiñen de rojo con el ocaso y luego de sepia, y luego de negro. Las huellas del sol en su espejo nocturno van a saltos y carreras por sus madrigueras. Bajo tus brazos el barro negro del Mictlán ¡entre tus piernas!
Sobre tus dedos, el barro claro de Paquimé con olor a otra aridez, a otros desiertos. En tus palmas, los lechos que claman y braman por ser vertederos; en tus plantas, las arenas que escurren por las montañas volcanes. Tierra.
Tengo dos pozos, hambrientos, vestidos de suelo de selva; con ellos voy pintando tu resto. Suelo cálido, oscuro, húmedo, jadeante. ¡Se mueven tus terrenos! Un conejo que va por los matorrales incipientes en mi pecho y luego a mis piernas, al pastizal denso. Te pinto de selva, del suelo húmedo, apretado y delgado. Y luego, coneja que nació cerca del río que cuidaba un sabino, despierto.
Tierra. Ahí estará para ser lecho del recuerdo, cuando tus pasos y los míos trotaron cara al sol y fueron las únicas plantas en los sueños del desierto.
jueves, 5 de enero de 2012
Hierba mala nunca muere
Hay un océano de gente aletargada y no sé si alcanzaré el aire que parece inerte. De flor se disfraza el tigre, sus garras son el tiempo que atraviesa la carne, las ropas, las pieles, el alma; sus dientes, el presente que miro como quien mira el miedo en cada paso y no los pasos… no el camino, quien hurga, pero no entre la hierba sino en ella, sobre ella sin sombra. El presente me come, no miro el pasado que dejó su huella húmeda y perenne en mi carne. El futuro no es ese que parece que se cierne sobre mí, aunque le pongo ropa de dientes; por no mirar la muerte, digo que la tormenta es mañana cuando es el instante que me muerde.
Hierba mala nunca muere, dicen, pero envenena a los demás. Llenamos dos, tres, cuatro días de un bisiesto que acaba en dos, nubes en el cielo y un sabor más agrio que dulce en la muda de calendario. La sazón de cada invierno, ese que sabemos crudo y duro pero que pintamos de rojos ajenos, de cascabeles, que poco a poco el rojo propio de ciertas hojas se esfuma ante los cristales y los plásticos; tal vez quede poco para tener flores encarnadas y poner muérdagos en los dinteles.
Seguro estos días son de ataques continuos a las agendas, de gimnasios llenos, de recato en los gastos, de ceniceros limpios y destapadores desolados. Seguro resuena el sí se puede como un eco grotesco y distorsionado de los villancicos de hace un par de semanas, cuando una tradición que ha quedado como maniquí sirve de nuevo pretexto para mil cosas. Todo ahora es bondad… todo parece serlo.
Estoy cierto que no seré el único amague de realismo y precisamente los ánimos de publicar estos pensamientos se basan en que la fuerza del río reside en su caudal. Pero ¿para qué la reflexión? ¿Para qué aguar la fiesta? De todas formas son tiempos de campaña… lo que sea que signifique eso.
Sí, campaña parece incluir el no pensar como requisito. Parecemos clientela frecuente del mismo yerbero… La verde para relajarse, para apendejarse y dejar que todo fluya, sin tocarlo, sin abrazarlo, sin besarlo; porque todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es quedar.
Tampoco quiero sumarme a toda la paranoia con fundamentos cuestionables y argumentos flojos que invade los oídos, ojos y bocas. Pero vamos, es cambio de año y año con cambios, como cada día.
¿Cambiar?
Habría que revisar qué es eso.
“[…] el tiempo sólo marca los vagos rastros del camino de la muerte.” (Albert Camus)
Hierba mala nunca muere, dicen, pero envenena a los demás. Llenamos dos, tres, cuatro días de un bisiesto que acaba en dos, nubes en el cielo y un sabor más agrio que dulce en la muda de calendario. La sazón de cada invierno, ese que sabemos crudo y duro pero que pintamos de rojos ajenos, de cascabeles, que poco a poco el rojo propio de ciertas hojas se esfuma ante los cristales y los plásticos; tal vez quede poco para tener flores encarnadas y poner muérdagos en los dinteles.
Seguro estos días son de ataques continuos a las agendas, de gimnasios llenos, de recato en los gastos, de ceniceros limpios y destapadores desolados. Seguro resuena el sí se puede como un eco grotesco y distorsionado de los villancicos de hace un par de semanas, cuando una tradición que ha quedado como maniquí sirve de nuevo pretexto para mil cosas. Todo ahora es bondad… todo parece serlo.
Estoy cierto que no seré el único amague de realismo y precisamente los ánimos de publicar estos pensamientos se basan en que la fuerza del río reside en su caudal. Pero ¿para qué la reflexión? ¿Para qué aguar la fiesta? De todas formas son tiempos de campaña… lo que sea que signifique eso.
Sí, campaña parece incluir el no pensar como requisito. Parecemos clientela frecuente del mismo yerbero… La verde para relajarse, para apendejarse y dejar que todo fluya, sin tocarlo, sin abrazarlo, sin besarlo; porque todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es quedar.
Pero esto del veinte doce no es sólo cuestión de estar atentos a los 10 últimos segundos –previo consenso– ni de verter el mismo vino en las mismas copas ni de cambiar menús o actividades o sitos. Porque no es cambiar de día, y aún cambiar de día no es baladí.
Tampoco quiero sumarme a toda la paranoia con fundamentos cuestionables y argumentos flojos que invade los oídos, ojos y bocas. Pero vamos, es cambio de año y año con cambios, como cada día.
Es año nuevo, recién nacido, y todo sigue igual. El cambio por el cambio, como ese que vino con el 2000; ese acrítico que inflama los pechos y brama a todos los vientos cuán bueno es cambiar.
¿Cambiar?
Habría que revisar qué es eso.
“[…] el tiempo sólo marca los vagos rastros del camino de la muerte.” (Albert Camus)
domingo, 11 de diciembre de 2011
Las motas del jaguar
El vaho invade el espacio frente a mi. Cuando camino, veo azules en mis manos; veo blancos. En mi piel se dibujan grietas; la edad se hace relieve y en sus minúsculos desfiladeros se guarece el aire calmo, sombrío, desmañanado. Las uñas se desperezan de sus tonos también azulados mientras urgo en mis bolsillos por monedas, tan frías tan impávidas tan violentas.
Mis yemas sienten esa violencia de lo intercambiable. Un pasaje, dos pasajes; el primero con calor de multitud, esa que hasta en domingo sigue su trabajo; el segundo con el frío que se quedaba mirando en las ventanas. Mi rostro con minutos de descanso, en los ojos se podría mirar que se contaron los latidos antes de ese sueño breve, esporádico, efímero. Mi boca con sonrisa inacabable, inalcanzable por aquellos trazos que antes la dibujaron y desdibujaron tantas veces. Las motas del jaguar en la noche.
Bajo, una calle desolada. Unos montes de frente, cobijados por neblinas heladas. Media hora y la misión quedará cumplida. Echo a andar. Entre mis manos, mi cuerpo; las grietas siguen ahí y mis ojos siguen mirando azul con blanco. Cada vez menos nítido, el cansancio comienza con sus estragos cuando la adrenalina se esfuma por los poros sudados.
Siento la piel. Aún tiembla, hace frío. Siento la carne, aún tiembla pero no por frío.
Entre mis labios existe un espacio. Flexible. El tiempo atraviesa el espacio y ahora, con el vaho escapando, tiembla mi lengua con las huellas del jaguar. Cada silencio forzado, un dedo frente a tu boca; cada suspiro apresado, tu piel en mi boca; cada huella de tus dientes en mis hombros, en mis brazos; cada pupila en mis cabellos, en tus párpados, en mis iris, en mis labios, bajo el dintel y en el umbral de un grito enmudecido que escuchaste de soslayo.
La humedad que se lleva puesto el calor de mi sangre y de mis entrañas, las que se fundieron con tus acequias, para formar una nubecita frente a mis pasos. Esa es la que imprime en el aire cada mota que dejaste. Mientras, el río espera, acecha, te está mirando.
Mis yemas sienten esa violencia de lo intercambiable. Un pasaje, dos pasajes; el primero con calor de multitud, esa que hasta en domingo sigue su trabajo; el segundo con el frío que se quedaba mirando en las ventanas. Mi rostro con minutos de descanso, en los ojos se podría mirar que se contaron los latidos antes de ese sueño breve, esporádico, efímero. Mi boca con sonrisa inacabable, inalcanzable por aquellos trazos que antes la dibujaron y desdibujaron tantas veces. Las motas del jaguar en la noche.
Bajo, una calle desolada. Unos montes de frente, cobijados por neblinas heladas. Media hora y la misión quedará cumplida. Echo a andar. Entre mis manos, mi cuerpo; las grietas siguen ahí y mis ojos siguen mirando azul con blanco. Cada vez menos nítido, el cansancio comienza con sus estragos cuando la adrenalina se esfuma por los poros sudados.
Siento la piel. Aún tiembla, hace frío. Siento la carne, aún tiembla pero no por frío.
Entre mis labios existe un espacio. Flexible. El tiempo atraviesa el espacio y ahora, con el vaho escapando, tiembla mi lengua con las huellas del jaguar. Cada silencio forzado, un dedo frente a tu boca; cada suspiro apresado, tu piel en mi boca; cada huella de tus dientes en mis hombros, en mis brazos; cada pupila en mis cabellos, en tus párpados, en mis iris, en mis labios, bajo el dintel y en el umbral de un grito enmudecido que escuchaste de soslayo.
La humedad que se lleva puesto el calor de mi sangre y de mis entrañas, las que se fundieron con tus acequias, para formar una nubecita frente a mis pasos. Esa es la que imprime en el aire cada mota que dejaste. Mientras, el río espera, acecha, te está mirando.
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